
Este verano me encontraba acompañada de un amigo con sus hijos pequeños cuando uno de ellos que tiene diez años le preguntó a su padre si le dejará cuidarle cuando sea mayor. En ese momento pensé que hace mucho tiempo era yo esa niña y ahora mismo soy esa cuidadora. Me hubiera gustado poderle transmitir a ese niño que los años pasan increíblemente rápido y que yo a su edad estaba tan feliz con mi padre y mi madre en esta casa entre las montañas que ahora me acoge.

Esta casa está llena de esos recuerdos de la infancia, era nuestro lugar de vacaciones en el que mi padre se pasaba horas por la noche enfrascado en sus partidas de ajedrez. A mi padre le hubiera gustado ser un ajedrecista de renombre y estoy convencida que de haber empezado antes lo hubiera logrado. No obstante, aunque tarde consiguió muchos logros. Papá tenía, y hablo en pasado, porque, aunque vive, ahora es una especie de sombra de lo que ha sido por esa terrible enfermedad que avanza como el deshielo de un glaciar, no avisa que ya está dentro y avanza de manera inexorable como lo hace el tiempo cada segundo, no hay freno posible.
Como decía, papá fue un líder nato, estaba siempre involucrado en cantidad de proyectos interesantes. Era profesor de filosofía en el Instituto Alameda de Osuna, él lo inauguró y yo con él, aun recuerdo ese olor a encerado nuevo en aquel edificio cuando nos trasladamos desde Talavera de la Reina a Madrid, cambiamos muchas cosas antiguas de una pequeña ciudad por todo lo nuevo de la capital.
Esta casa en la que me encuentro esconde la esencia de mi familia, de mi abuela materna, con la que mi padre formaba piña, de mis padres y de mis hermanos. Siempre ha sido el lugar al que volver, como si aquí estuvieran las respuestas a todas las pérdidas. Esta casa, decía mi padre, le devolvía a su tierra, le recordaba a Jinotega, la ciudad de Nicaragua en la que mi padre nació. Estar aquí es como estar con todos ellos, mi padre y mi madre en plenas facultades, mi abuela enredada con sus plantas en el jardín, mis hermanos, Cecilia, la señora que nos cuidaba a la que todos queríamos hasta el infinito.
Pero este escrito intenta expresar lo mucho que me parezco a mi padre, y según cumplo años más me veo reflejada en él, también en mi madre, otro día le tocará a ella ser la protagonista.
Papá era un tipo diferente, siempre lo supe, quizás por esa mezcla de países, esa gran visión de alguien que ha visto mundo y que sabe estar en todo tipo de ambientes. Papá se rodeaba de amigos intelectuales en largas sobremesas en las que hablaban de filosofía y otros temas para mí aburridos en esos tiempos. Pero papá aquí era alguien llano, asequible, se hacía amigo de las personas más humildes, los vendedores del mercadillo, el vendedor de periódicos, el zapatero, con todos ellos quedaba para echar una partidita de ajedrez cuando se terciaba. Yo creo que con ellos papá era más papá, él sabía muchas teorías, pero esta gente sabía de la vida, de la dureza de una España que empezaba a arrancar. Recuerdo también la enorme generosidad de mi padre, nunca jamás le vi derrochar ni aparentar, vivíamos acordes con lo que dos profesores pueden permitirse, pero siempre estaba dispuesto a ayudar a los más necesitados tanto de manera particular como apoyando a instituciones benéficas.
Además, era generoso en su conocimiento, incluso hoy en día trata de corregir al hablar a las chicas que se encargan de su cuidado.
Otro de los valores que he heredado es el gran amor por la naturaleza, digo heredado porque papá era parco en palabras con nosotros, y lejos de darnos charlas aprendíamos por imitación. De manera casi improvisada nos echábamos al monte mi hermano, mi padre y yo y más de una aventura sí que vivimos. La más sonada fue una vez que sobrevivimos en alta montaña los tres gracias a que papá llevaba el periódico y con él nos forró nuestros cuerpecillos para hacer frente al frío. Papá leía siempre, en la montaña, en la piscina, en el cuarto de baño donde formó una biblioteca, esperando en la consulta del médico. Eso si creo que todos sus hijos hemos imitado. Sabiendo que en los libros puedes encontrar respuestas, puedes vivir otras vidas, sabiendo en definitiva que el conocimiento te hace cuestionar las cosas, te hace menos manipulable.
También recuerdo nuestros viajes hacia aquí en el coche y mi padre escuchando a Brahms y siendo un director de orquesta, otra de sus vocaciones frustradas, papá hubiera querido ser muchas cosas, pero se decantó por la docencia. Hablaba mucho de su paso por los Jesuitas y de aquella educación que recibió. Sobre como era papá como docente no puedo decir mucho porque cuando papá no estaba en clase estaba en su gran cantidad de hobbies. Formó el grupo de ajedrez de la Alameda de Osuna, a la vez que era jefe de estudios del instituto, sus clases de idiomas… siempre estaba muy ocupado.
Tampoco era un padre al uso en la época, mama tampoco, mamá trabajaba y mucho, igualmente en un instituto y papá era el que hacía las compras para la casa, impensable en familias de los años ochenta. Papá era el gestor y administrador de la casa y mamá nunca supo ni sacar dinero del cajero, lo decía muy orgullosa de no tener que ocuparse de esos menesteres, el dinero para mamá no eran más que papelitos, nunca olvidaré esa frase.
Otra de los rasgos que indiscutiblemente he heredado de mi padre es el espíritu cosmopolita, le encantaba viajar y aprender idiomas, y como yo aprendía un poco de todo, inglés, francés, italiano, alemán.
Finalmente decir que lo más obvio es la apariencia física, siempre me dicen que soy la versión femenina de papá, incluido su lunar de la cara situado exactamente en el mismo sitio, para mí es un halago porque papá no ha sido esa belleza de cliché, esa belleza de proporciones griegas, pero ha sido un tipo extremadamente carismático que donde quiera que fuese nunca pasaba inadvertido por su manera de ser natural, su saber estar y su gran generosidad…
¡Te quiero, papá!
Beatriz Zamora
Diciembre 2020


