EL GRAN PORTAZO
VENCE AL REUMATISMO
«Quien no espera vencer ya está vencido»
José Joaquín de Olmedo
El tiempo rodaba sobre sus rieles, el Paisano tenía veinte años y llevaba dos años viviendo en la República del Ecuador. El canto del Paisano era todo juventud. Su mente, come el cóndor, volaba de la cima del Pichincha a la cima del Chimborazo, en la batalla diaria consigo mismo era triunfador y en el juego de la serie mundial soñaba vencer con un Gran Portazo (Grand Slam), soñaba y soñaba y a veces soñaba aun cuando estaba dormido.
Todo era juventud en la vida del Paisano, todo alegría y canto de vencedor.
¡Juventud! Divino tesoro, la llama Rubén Darío; ave canora que vuela de cumbre en cumbre en busca de aventura. Para ella todo es novedad al alcance de la mano: el mundo, la ciencia, el deporte. . . todo canto es de vencedor.
Se celebraba una fiesta patriótica de mucha importancia en la ciudad de Quito. El director del coro que interpretaría en esa ocasión trozos selectos del poema épico, La Victoria de Junín de José Joaquín de Olmedo, buscaba jóvenes de los países latinoamericanos, para que, bajo los colores patrios de sus respectivas banderas, representaran a sus países, todos unidos en un solo coro. No habiendo otro joven de su país, el Paisano nicaragüense, fue invitado a participar en la fiesta, aunque de ave canora no tuviese ni una pluma, mucho menos el pico.
La experiencia de participar en un coro de tal calidad como el de esa ocasión fue un momento cumbre en la juventud del Paisano. El cual tomó tan a pecho su papel, que el fragor de la batalla de Junín grabó en su memoria los versos que, hasta hoy, después de 70 años, no ha olvidado:
El trueno horrendo que en fragor revienta
y sordo retumbando se dilata
por la inflamada esfera
al Dios anuncia que en el cielo impera.
Y el rayo que en Junín rompe y ahuyenta
la hispana muchedumbre,
que más feroz que nunca amenazaba,
a sangre y fuego, eterna servidumbre.
Y el canto de victoria,
que en ecos mil discurre,
ensordeciendo el hondo valle y enriscada cumbre,
proclaman a Bolívar en la tierra,
árbitro de la paz y de la guerra.
Todo anuncia que el momento ha llegado,
en el gran libro del destino escrito,
de la venganza al pueblo americano,
de mengua y de baldón al castellano
Canto de victoria es también la majestad regia de un eucalipto centenario que con su altura domina todo el vecindario de Cotocollao, suburbio de la ciudad de Quito. Con razón los vecinos dan al árbol el título de, La Reina.
El Rey había sido destruido años atrás por el fuego de un rayo. Una placa conmemorativa en el lugar donde el enorme tronco fue calcinado es el único testigo visible de Él Rey, sin embargo, los vecinos son testigos vivientes de lo que sus antepasados vieron allí el día de la conflagración: del montón de cenizas vieron levantarse un pájaro de color naranja-fuego con toques de negro-carbón.
Desde entonces ese pájaro, bautizado como huiracchuro (nombre que en idioma nativo describe su origen), canta su canto desde la cumbre de La Reyna.
La habilidad del árbol de proteger el secreto de su flor, como indica el nombre eucalipto, hace de La Reina una cumbre adecuada para que el huiracchuro proclame su canto mañanero. Un canto, cuya triste melodía esconde el secreto íntimo del cantor, que en un momento inesperado cambia la tristeza en alborozo, para lanzar al viento un mensaje alegre de juventud. Un canto de vencedor.
Cuando el huiracchuro canta todos los demás pájaros de los alrededores callan y si algún viajero una vez escucha su canto no lo olvida jamás. Nadie sabe porqué canta el huiracchuro, pero, desde luego que canta, debe tener un motivo para cantar.
Quien posee el tesoro de la juventud y el de la salud, dos hermanas que casi siempre andan juntas, viaja por la vida de cumbre en cumbre, de triunfo en triunfo, sin reparar que los años están imponiendo sobre sus hombros la pesada carga de leña que allana sin misericordia los momentos cumbres y ahoga los cantos alegres de vencedor. De acuerdo con el contexto de este cuento esa pesada carga de leña es reumatismo, sea cual sea la índole del sufrimiento, que al final causa la muerte. El joven Paisano, mientras era joven, no tenía tiempo para escuchar la advertencia del pregonero, que con amarga ternura repetía en sus oídos: «Quien no espera vencer ya está vencido». Acaso vencer, se decía el joven a sí mismo, no es tan fácil como existir.
El tiempo sigue rodando sobre sus rieles, cada vez más y más veloz, mientras tanto, en el hondo valle gira en torbellino el viento impetuoso, y el invierno recrudece el dolor en las extremidades reumáticas.
Los psicólogos y optimistas recetan, en tales apreturas y dolencias, revivir los momentos cumbres del pasado, pensar en cosas positivas, agradables, o rellenar los oídos con tantos quehaceres que sea imposible oír la voz del pregonero. ¿Acaso no es esa medicina semejante a meter la cabeza en la arena esperando que pase la tormenta, como en el cuento del avestruz?
¿No sería mejor ahogar el dolor del reumatismo en licor, droga o en el último y más exótico invento venido del otro extremo de la tierra? Lo malo es que el precio de esa medicina es muy elevado, sin contar el costo en dinero.
Los amigos de la filosofía estoica aconsejan aferrarse a las barras de la silla, como hizo el alcalde del pueblo, en Un Día de Éstos, del colombiano Gabriel García Márquez. En ese cuento, el dentista Don Aurelio Escovar extrae la muela cordal inferior al alcalde (teniente déspota y sicario), sin anestesia, por haber absceso en la encía:
«El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies, sintió un vacío helado en los riñones y un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no soltó un suspiro.»
Y, si a pesar de los recuerdos agradables, del licor y del aferro a las barras de la silla, el invierno y el reumatismo congelan sin remedio los riñones y las extremidades, calma amigo, que todavía hay un último recurso:
Cyrogenics Engineering por sólo $150,000 congela todo el cuerpo, inmediatamente después de muerto, para almacenarlo así hasta que la tecnología haya encontrado la manera de curar el reumatismo. El precio citado no incluye los gastos de almacenaje indefinido.
Otra alternativa más barata es congelar la cabeza nada más. Un procedimiento semejante a, El Hombre de la Rosa, cuento escrito por el chileno-argentino Manuel Rojas: En ese cuento la cabeza del protagonista en una hora viaja, ida y vuelta, de Osorno a Santiago (mil millas) para entregar al padre Espinoza una rosa recién cortada del convento de las Claras.
¿Será ese el soñado Gran Portazo de la ciencia?
¿Será motivo suficiente para que el huiracchuro cante un canto alegre, y el Paisano cante un canto de vencedor digno del gran libro del destino?
Prolongar la vida sería un logro plausible, no una victoria sobre la muerte. ¿Qué sería del recién deshelado si al viajar en su auto, el borracho de Las Vegas estrellara su Chevy Corbette contra él, a la velocidad de 157 millas por hora y el auto se incendiará con todo y deshelado?
La certeza de triunfar en la batalla contra el enemigo (la enfermedad y la muerte) es analgésico indispensable para todo reumático que llega al punto crítico de la decisión. Es decir, cuando el enfermo empieza a escuchar en serio la advertencia del pregonero de la amarga ternura: «Quien no espera vencer ya está vencido», y decide hacer algo para vencer.
En ese punto crítico de decisión estaba el Paisano que, hallándose dotado de voz, no podía pensar en cantar otra cosa que no fuera canto de vencedor. Sin embargo, una cosa amenazaba su porvenir: no sabía cómo cantar un canto de vencedor.
Un día de tantos, al pasar junto a la plaza de las Naciones Unidas, en la ciudad de San Francisco, California, el Paisano vio un grupo de gente que escuchaba con gran atención a un hombre que jamás había visto. Al acercarse con cautela al grupo, las palabras y la actitud del hombre pronto cautivaron toda su atención. El maestro (así llamaban al hombre los que hacían preguntas), hablaba con autoridad propia, no como los maestros que había escuchado en otras ocasiones, que se apoyaban en teorías ajenas, inventadas por soñadores que al fin de cuentas jamás pudieron vencer su propio reumatismo.
En un momento oportuno el Paisano preguntó al maestro:
Maestro bueno ¿Qué debo hacer para cantar un canto de vencedor?
El maestro, dueño de la situación, fue directamente al meollo de la pregunta con otra pregunta. El maestro sabía que, si el Paisano no entendía primero la respuesta a esta otra pregunta, toda explicación subsiguiente iba a ser inútil.
¿Porqué me llamas bueno? preguntó el maestro. El Paisano debía comprender que bueno es quien vence al reumatismo, que vencedor sólo hay uno; que quien no ha vencido al reumatismo no puede cantar un canto de vencedor.
Era necesidad absoluta que el Paisano estuviera convencido de una cosa: que el maestro era el único vencedor. Sólo teniendo en su bolsillo esa convicción, podría el Paisano aceptar la respuesta del maestro como canto de vencedor.
Viendo el maestro la dificultad del Paisano para visualizar el alcance de sus palabras, le propuso la parábola siguiente:
Un amigo me invitó a visitar su palacio. Al llegar, me condujo a una gran sala
donde había muchos invitados. En el centro de la sala estaba servido un magnífico banquete con deliciosos manjares, bebidas y vinos escogidos. Al no más entrar noté que los invitados estaban mal nutridos, esqueléticos, furiosos y frustrados, porque no podían doblar los codos para alimentarse. El ambiente en la sala era repulsivo, frío y sofocante a la vez.
Mi amigo, que notó mi aversión a permanecer en aquella sala, me condujo enseguida a otra sala dispuesta de manera semejante: Un banquete exquisito en el centro y alrededor muchos invitados que tampoco podían doblar los codos. Sin embargo, allí todos los invitados estaban bien alimentados, robustos y alegres. El ambiente era acogedor, cálido, lleno de optimismo y de salud. La diferencia en esta sala era que los unos alimentaban a los otros.
¿En cuál de estas dos salas crees tú que hay canto de vencedor?, preguntó el maestro.
La pregunta del maestro no tuvo respuesta. La mera idea de compartir con otros las viandas exquisitas, de las cuales el Paisano tenía muchas, estaba fuera de su alcance. El plan del maestro lo abrumó, y se fue triste y cabizbajo.
Y ¿cuál era el plan del maestro?
Quien se proclama vencedor, dijo el maestro, debe vencer no solamente su reumatismo y el de los demás, sino que debe hacer de su propio reumatismo una fuente de poder para sanar. ¿Has comprendido, que mi canto es de vencedor porque he vencido al reumatismo? ¡Échate la leña al hombro! únete a mí, identifícate con mi poder, sólo así cantarás canto de vencedor.
¿Quién en su sano juicio no hubiera aceptado la invitación a hacer suyo el poder del maestro, para ser vencedor como él? ¿Qué fue pues, lo que abrumó al Paisano?
Sencillamente, el Paisano entendió que unirse al bueno significaba cambiar su propia identidad, la identidad de que estaba tan orgulloso. Tendría que borrar la imagen de su personalidad, la personalidad que adoraba en el espejo de la sociedad, de cuya opinión dependía su felicidad. Traicionar su propia imagen estaba más allá de todas las fuerzas de su voluntad. No comprendió que con la invitación del maestro venía también el poder para vencer, sin importar que él estuviera vencido. No comprendió que la fortaleza del que invita, no la debilidad del invitado es la que cambia el canto triste de vencido en canto alegre de vencedor.
Ojalá el Paisano hubiera sospechado que la fortaleza que cambia la derrota en victoria viene con frecuencia escondida en un gesto del maestro, una mirada, una palabra, o una coincidencia inesperada.
Nadie sabe porqué canta el huiracchuro, pero, desde luego que canta, es señal que tiene motivo para cantar:
Guarda un secreto triste, nació de la ceniza. Semejante a él no hay otro entre los pájaros; La soledad lo agobia. Busca y busca sin encontrar. Sin embargo, en su interior arde fuego. Un fuego que lo hace cantar. Cantar un canto de Juventud: un canto de vencedor.
Nadie sabe porqué el Paisano quiere cantar, pero, desde luego que sueña cantar, es señal que tiene motivo para soñar.
El Paisano guarda un secreto triste, nació de la ceniza. Semejante a él hay millones de millones, pero la soledad lo agobia. Busca y busca sin encontrar. Sin embargo, en su interior arde fuego. Un fuego inextinguible que lo hace soñar:
Anoche, nada más (así soñó el Paisano), su equipo favorito, el de las estrellas, perdía por tres carreras al final del último turno al bate en la serie mundial; las bases están llenas, el paisano está de pie y . . . de pronto. lo soñado, jamás realizado . . . el dueño del equipo de las estrellas le toca el hombro y con firmeza le ordena: ¡al bate muchacho!
Las mandíbulas le castañetean, el corazón le palpitó, las piernas le tiemblans: el Paisano no sabe qué dice, pero allí está en «home plate», con uniforme blanco y con el bate al hombro:
Como si todo el mundo estuviese en movimiento retardado, el bateador de emergencia escucha el grito lejano del juez: s t r i k e 1 . . . s t r i k e 2. . . En el campo de juego lo inusitado sucede sin que nadie lo note: un desconocido se acerca al Paisano y enérgicamente le ordena: ¡Échate la leña al hombro!
En ese momento se le abrieron los ojos al Paisano y reconoció al maestro, quien en ese mismo instante desapareció.
Rejuvenecido y recargado de energía, el Paisano se enfrentó al siguiente lanzamiento con la fuerza y la determinación del vencedor. La pelota impactada por la furia reconcentrada en la carga de leña describió una enorme parábola sobre la valla, y se perdió en lo más alto del estadio:
¡El Gran Portazo soñado! Es un momento cumbre para el paisano, todo es frenesí, alegría sin medida, es canto de victoria.
Es sueño nada más, no hay voces en el coro, ni el huiracchuro canta.
Al anochecer del viernes dos de abril, un hombre que parecía ser jefe de un pequeño grupo de indigentes se reúne con ellos en la cumbre de Mount Davidson, en la ciudad de San Francisco.
Mis enemigos, les dice, esta noche me buscarán para matarme. A ellos les enfurece la idea de compartir el alimento con quien no puede alimentarse; ellos están satisfechos con tener abundancia, haya sido como haya sido adquirida, aun cuando no puedan consumir lo que tienen. No les interesan la honradez, la justicia, ni el respeto a la vida humana. Nuestra mera existencia los acusa y convence de egoísmo injusto, por eso quieren eliminarme a mí, a ustedes y a los que piensan y actúan como nosotros. Los enemigos que se precian de ser tan tolerantes con todos no pueden tolerarnos a nosotros ni a nuestros principios.
Esa intolerancia tiene que ser así. Porque el enemigo, sabiendo que en la batalla final sólo hay un vencedor, concentra toda su maldad contra el vencedor. En esta batalla hay marionetas visibles (los gobernantes) manipuladas por fuerzas invisibles (la maldad).
Las marionetas y las fuerzas invisibles son enemigos poderosos, pero no tengan miedo, el amor, la justicia y la verdad al final triunfarán. Los años que llevamos organizando programas después de la escuela para los niños de la Misión; La seguridad y limpieza en los campos de juego del parque Amazon; los programas de salud para los . . .
Un ruido en el bosque de eucaliptos en la ladera occidental de la montaña cortó el hilo de la conversación. La tensión nerviosa en que estaban hizo que todos a una buscaran ansiosos el origen del ruido. Pronto divisaron un bulto oscuro que subía hacia donde estaba el grupo.
¿Quién va? preguntó el jefe, cuando el bulto se acercó.
Llegas muy a tiempo, respondió el maestro, estábamos a punto de cenar. Gracias a ti, al que amasó el pan y al que hace crecer el trigo y madurar la uva. Luego el maestro partió el pan, dio a cada uno un pedazo y pasó la botella de vino para que cada uno bebiera de ella. Terminada la cena, el maestro continuó la conversación interrumpida. No tengan miedo, insistió otra vez, me matarán a mí, pero ustedes continuarán trabajando en los proyectos comenzados y los que ustedes iniciarán.
Mientras tanto, la acostumbrada neblina de San Francisco había entrado por la puerta dorada del puente Golden Gate y había llenado la bahía. Ahora se extendía sobre la punta de la península, cubriendo los barrios de la ciudad. Pronto Mount Davidson quedó envuelto en la oscuridad de la densa neblina.
La maldad en estos tiempos continuó el maestro, se extiende sobre la ciudad como esa espesa neblina; se extiende amenazante como un manto negro sobre el mundo entero, hay tanta maldad que hace estremecer el corazón. Pero recuerden que el amor es más poderoso que todo el veneno del mal. Toda la maldad del mundo jamás podrá vencer al amor. Que todo proyecto que inicien ustedes sea impulsados por el amor al necesitado. Los dirigentes tratarán de intimidarlos con . . . (La frase quedó inconclusa).
Un disparo a quemarropa hace que los miembros del grupo en un instante desaparezcan en la oscuridad. Al pie de la gran cruz el maestro yace desangrándose. La bala le ha abierto un hoyo en el pecho.
En la ciudad nadie supo del crimen cometido la noche del viernes al pie de la cruz de Mount Davidson. Ningún medio de comunicación notó la desaparición del indigente. La ciudad siguió su ritmo acelerado como siempre, nada había pasado. ¿Quién echa de menos un estorbo en las calles plagadas de ellos?
Era ya Domingo por la noche, cuando Cleo y su esposa María, regresaron a la pequeña habitación que rentaban en Colma siete millas al sur fuera de la ciudad, ellos estaban totalmente desilusionados: Habían malgastado tiempo y energías apoyando una causa que esperaban mejoraría la situación de los destitutos de la ciudad; ahora, la causa había fracasado, los partidarios del movimiento huían desbandados; hacía ya dos días que el maestro, tan querido del grupo, había sido horriblemente ejecutado por los dirigentes, sus propios conciudadanos.
En el camino de regreso a casa habían conversado del triste acontecimiento con un hombre desconocido. Éste, con su conversación ardiente, se ganó el cariño de la pareja. Por eso, cuando Cleo y su esposa llegaron a casa, se sintieron obligados a invitar al desconocido a quedarse con ellos esa noche.
Llegada la hora de cenar, el desconocido tomó el pan, dio gracias a Dios y a sus comensales, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron al Maestro, quien en ese mismo instante desapareció:
El partir del pan en ambos desata
valor de fe que el corazón dilata:
Es la señal que el indigente espera
del Dios que en el cielo impera.
Es el amor que vence y desbarata
de pecado y muerte la podredumbre
que más feroz que nunca amenazaba
hundirlos en eterna servidumbre.
Es el ardiente canto de victoria,
que en la batalla en ecos mil discurre
del hondo valle a la enriscada cumbre:
Proclama del Maestro, paz y gloria.
Todo anuncia que el momento ha llegado,
en el gran libro del destino escrito,
de gracia y de perdón para el malvado,
de esperanza y triunfo para el contrito.
En La Reina el ave canta victoria,
y en el juego el Paisa carga madera.
El coro canta al Libertador gloria,
al Dios que en el cielo espera.
El canto del Maestro es un canto imposible, como es imposible mover la roca inmovible. El canto del Maestro es una oración mañanera, una oración que mueve la roca inmovible: la roca inmovible que sella la boca hambrienta de la tumba fría. La tumba que encierra la humanidad entera. La oración del Maestro es canto de resurrección.
En el gran estadio universal, el juego de la serie mundial ha cambiado de rumbo, la emoción inmunda las graderías, la expectativa crece en el ambiente: el Maestro, el del uniforme blanco, da el Gran Portazo y ahora barre las bases llenas, hacia el Hogar definitivo (Home Plate).
Cada uno de los vencedores es invitado especial al gran banquete del triunfo. Al banquete donde los unos alimentan a los otros, donde los oprimidos gozan de libertad y los indigentes nadan en abundancia.
Las reglas del juego han cambiado:
La imagen del Dueño, reflejada en cada jugador, tuvo tal influencia en el Dueño, que quiso hacerse un pequeño bebé, como cada jugador.
El Dueño permitió que lo escondieran en el secreto de un pesebre, como La Reina esconde el secreto de su flor, para que cada jugador entendiera que él es pastor y forraje para los suyos.
El Dueño que nunca envejece se sometió a la ley de envejecer, para que cada jugador goce siempre de juventud.
Siendo Dueño tomó sobre sus hombros la pesada carga de leña, para aliviar la carga del débil jugador.
Todo eso lo hizo para acabar con la ley de la muerte, y para que los suyos participaran de su inmortalidad.
El gran poder del Dueño se descubre en esto:
Que, siendo Dueño, puede ser lo que ‘no’ es.
Él es Dueño del equipo vencedor: Cuando su equipo perdía se hizo jugador, y
con el Gran Portazo cambió la suerte de su equipo, de vencido a vencedor.
Es Dueño y es Jugador, es un Puente entre el Dueño y el jugador.
La realidad de su carne humana se descubre en su debilidad de sufrir y morir.
La realidad de su poder de Dueño se descubre en mover la roca inmovible:
En dar El Gran Portazo que vence al reumatismo para siempre.
Que esta Navidad sea para ti un Gran Portazo.
José Aburto
Arroyo Grande, California
Navidad, 2021
Estimados amigos de la Promoción 55-60, saludos y abrazo fraternal para cada uno de ustedes.
Hace unos días recibí una queja del Paisano, reclamando que no mencioné, en «El Gran Portazo» (arriba), la longevidad de los patriarcas bíblicos, antes del diluvio; que para prolongar la vida humana me limité sólo a la promesa de Cryonincs Engineering.
— Si no hubiera sido por el diluvio que lo mató a los 969 años, dice el Paisano, posiblemente Matusalén estaría vivo todavía. Y si el padre de Matusalén, Enoc, no hubiera sido arrebatado a la temprana edad de 365, a lo mejor hubiera vivido tanto como el hijo y desde luego más que su venerable abuelo Jared, que murió tal vez accidentado a los sólo 962. Y Noé cuando entró en el Arca tenía 600 años y después del diluvio vivió otros 350 años.
La queja del Paisano, me hizo investigar la razón de la longevidad en el Antiguo Testamento.
Rebuscando, encontré una lista cuneiforme de los reyes de la antiquísima Mesopotamia, fechada 1740 años antes de Cristo. Para asombro mío, noté que los reyes antes del diluvio vivían de 12 sars a 5 sars y un ner. (El rey En-men-lu-ana vivió 43,200 años, y Ubara-tutu vivió 18,600 años).En cambio, después del diluvio, la longevidad de los reyes cambia a años más parecidos a los bíblicos: Kullassina-bel vivio 960 años y Puanuum sólo llegó a los 840.
A través de los siglos, muchos han tratado de encontrar la razón de tan larga vida.
Los Nachmanides de la Edad Media, la atribuyen a una gran diferencia de clima en el mundo antes y después del diluvio.
Otros la atribuyen a una forma de recalcar el abismo inmenso que estableció el diluvio en la existencia humana.Así, por ejemplo, en el Génesis Dios anticipando el diluvio dice: «No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne; que sus días sean de 120 años».
Otros encuentran que las edades son una especie de simbolismo que interconecta las dferentes épocas históricas.
El historiador Josephus sospecha que los patriarcas conocían un super-nacatamal que los mantenía super-sanos y super-robustos.
Sea cual sea la razón de la longevidad, al Paisano le interesó lo del super-nacatamal de mi tocayo.
Averigua con los especializados en nacatamales, me dijo, especialmente con tu amigo Armando; a lo mejor él conoce a algún sopletero que venda super-nacatamales.Con esto me despido de ustedes mis amigos, y paso la voz a los expertos por si alguien quiere ayudar al Paisano a conseguir el super-nacatamal.
José Aburto Jan 10, 2022, 8:28 PM