Discurso de Tomás Delaney, con motivo del
25 aniversario de la Toma de Posesión de doña Violeta Chamorro
Estamos conmemorando el veinte y cinco aniversario de la toma de posesión de doña Violeta Barrios de Chamorro como presidente de la República. En un acto auspiciado por Hagamos Democracia y la Fundación Violeta Barrios de Chamorro, denominado “Jornada por la Democracia”.
Se me ha pedido que diga unas palabras en nombre de la Fundación, Violeta Barrios de Chamorro, a propósito de este aniversario.
Agradezco esa designación en mi persona por la Fundación, en especial a Cristiana Chamorro. Y es un honor para mí, hablar en nombre también de lo que fue el gobierno de doña Violeta, al que me siento orgulloso de haber pertenecido, y de haber contribuido con mis modestas posibilidades.
Aprovecho para enviar un saludo a mis compañeros del equipo de gobierno, algunos de los cuales entiendo que están aquí presentes.
Tratándose de esta Jornada por la Democracia, auspiciado por Hagamos Democracia, y de que se conmemora el 25 aniversario de la Toma de Posesión, es inevitable hablar del gobierno de la señora Chamorro. De lo que fue ese gobierno, y de su significado histórico
Es un referente obligado en la historia de Nicaragua, si queremos hablar de democracia. Porque lamentablemente son pocas las experiencias que hemos tenido de esa naturaleza.
Su legado y la experiencia vivida en los años aciagos de la primera mitad de la década de los ’90, constituye una fuente de experiencias, lecciones y enseñanzas, que vale la pena considerar.
La visión de nación, la forma de hacer política, el estilo de gobierno de la señora Chamorro, son legados ejemplares.
Un correcto análisis y evaluación del significado histórico de ese gobierno, sólo es posible mediante una visión en retrospectiva. Porque es la forma de medir, a través del tamiz del tiempo, lo que realmente significó para Nicaragua, confrontándolo con las experiencias posteriores, y con nuestra realidad actual.
Ese juicio histórico es una tarea pendiente. Que puede ser de mucha utilidad. Bastaría con hacer un estudio comparativo de cómo recibió el país doña Violeta en 1990, y cómo lo entregó a comienzos de 1997. Bastaría esa comparación para comprender y realizar lo que sucedió en ese período, que viene a ser un paréntesis en nuestra historia política.
Ese es un análisis político confrontativo, que queda pendiente para otra ocasión. Pero es algo que hace falta hacer.
Sobre todo en los momentos actuales, donde hay mucha confusión, desorientación, y, hasta podemos decir, desesperanza, especialmente en los jóvenes. La opción por la democracia puede ser alentadora, si se soporta en las experiencias vividas.
En esta ocasión, corresponde hacer un recuento histórico (aunque sea rápido y limitado) de las circunstancias de la época, que ayudan a comprender la difícil transición que marcó ese período presidencial.
Porque no es posible entender su significado, mientras no se comprendan las circunstancias del momento.
Doña Violeta dice “Al principio no me entendieron. Ahora con los años todo se ve mejor, se logra apreciar de una manera más clara lo que fue esa triple transición…” , (Nota tomada de la presentación del libro “La difícil transición nicaragüense”).
Es lógico. La distancia permite apreciar en perspectiva. De largo las cosas de aprecian más claramente las cosas, pero también más superficialmente. Porque se aprecia lo visible, lo grande. Los detalles y las circunstancias, permanecen ocultos.
Es necesario, por tanto, conocer también de cerca, hechos y circunstancias que ilustran lo sucedido. Hay que ubicarse en la época para comprender mejor.
Esto es lo que yo me voy a permitir hacer, o voy a intentar hacer, con las limitaciones de lo que recuerdo, y porque tampoco es posible abarcarlo todo. Voy a señalar algunos aspectos que caracterizaron la forma de gobierno de doña Violeta.
Trataré de concentrarme en el aspecto humano, en el aporte personal de la señora Chamorro, porque es lo que hace la diferencia, y es lo que la caracteriza. Voy a concentrarme en su visión de estadista y en su vocación democrática.
El legado histórico del gobierno de la señora Chamorro es muy vasto. Hay logros y enseñanzas en varios campos, en lo económico, en lo social…
Pero, en esta ocasión la idea es concentrarnos en el área política, especialmente en lo relacionado con la democracia, dada la fecha que se está conmemorando.
Comenzaré diciendo que fue un gobierno de actitudes. Fue un gobierno donde se impuso la voluntad política, sobre las adversidades.
Sirve para demostrar que cuando se quiere, se puede. Que para hacer un buen gobierno, lo que se necesita, lo que es fundamental, es voluntad y buenas intenciones.
Cuando tomó posesión doña Violeta, se encontró con un entorno hostil. Se encontró con un inmenso ejército politizado y adverso, igual que la policía, la seguridad del Estado, fuerzas de choque, milicias populares, organizaciones de masas.
Cuando la señora Chamorro asumió el poder, después de más de medio siglo de dictaduras, se encontró con una situación completamente adversa para cumplir el mandato popular de transformar el país, adquirido en las urnas el 25 de Febrero.
Se encontró con instituciones que no respondían al nuevo modelo de democracia y de libertades que había que impulsar, ni al esquema de una economía de mercado.
Las instituciones existentes respondían a un modelo totalitario y de economía estatizada.
El país estaba saliendo de una guerra, estaba destruido económicamente, con una hiperinflación asfixiante, insoportable para el pueblo. Las expectativas de la población eran inmensas y apremiantes. La presión popular era muy grande.
Doña Violeta se encontraba sola, en medio de fuerzas hostiles. No contaba con un ejército, ni con una policía, ni siquiera con un partido que la apoyara, porque la UNO fue una alianza electoral.
Lo único que doña Violeta tenía era el mandato popular para cambiar el país, y un reducido grupo de colaboradores.
Y tenía además algo importante, que resultó determinante: una visión de estadista natural, una vocación democrática (posiblemente inspirada y forjada en el ejemplo de lucha de su marido el doctor P. J. Chamorro), y una inmensa voluntad política para lograr su misión.
Tres cualidades determinantes.
El gran dilema de la ya Presidenta Chamorro era que no tenía tiempo. No había tiempo que perder. No había tiempo para esperar la reforma política, ni las reformas legislativas, ni la transformación de las instituciones, que facilitaran su labor.
Doña Violeta no tenía el control del Poder Legislativo. Por primera vez en la historia política del último medio siglo, el Ejecutivo no controlaba al Legislativo. No podía gobernar por decreto, ni imponer su voluntad a los diputados.
Comprendió entonces algo que resultó fundamental: que su fortaleza estaba en la institucionalidad.
En la Constitución de la República, en las leyes y en las instituciones existentes, aunque le fueran adversas. Y con la autoridad que le daba su legitimidad, impuso el estado de derecho. Y de ahí surgió su fortaleza política.
Decidió gobernar con la Constitución, con las leyes y con las instituciones existentes, apegándose a ellas, y obligando a todo mundo a respetarlas.
En lugar de buscar cómo evadir el cumplimiento de esas leyes, las respetó, y las aplicó con autoridad y determinación. Al tiempo que hacía de la reconciliación y el diálogo su estilo de gobierno.
Interpretó las leyes pensando en Nicaragua. Aprovechó el espíritu demagógico de las leyes sandinistas, para gobernar en beneficio del país.
Algunos la criticaron por no actuar más drásticamente. Pero la vocación democrática de doña Violeta, se impuso.
La oposición sandinista de ese entonces, se quedó desconcertada, no estaba acostumbrada al imperio del derecho. Y tampoco podía oponerse institucionalmente, porque eran sus propias leyes, las leyes sandinistas, las que se estaban haciendo cumplir.
Acudieron entonces a la violencia.
Intentaron desestabilizar al gobierno con asonadas, manifestaciones, huelgas, tomas. Pero no pudieron contra la legitimidad y el carisma de doña Violeta.
Y, poco a poco, los marcos legales y las instituciones comenzaron a cambiar y a acomodarse al proceso de la transición. Comenzó la reforma del Estado, y la transformación del país.
Fue una cuestión eminentemente de actitud. Doña Violeta estaba imponiendo su sello personal en la forma de gobernar.
Y, a como decía antes, bastaría con comparar cómo recibió el país doña Violeta, y cómo lo entregó, para dimensionar las consecuencias de esa actitud.
Así, con esa mentalidad, gobernó con la Constitución de 1987, la misma Constitución con que había gobernado el Frente Sandinista. Con esa Constitución, Daniel Ortega había montado un estado totalitario, una economía planificada y estatizada, un sistema de partido único y había suprimido las libertades políticas individuales.
Con esa misma Constitución, doña Violeta instauró la democracia, liberalizó la economía, implementó la economía de mercado, restableció el pluripartidismo, despartidizó la Corte Suprema, y fortaleció los derechos políticos fundamentales de la libertad, entre otras cosas. Sin cambiar la Constitución.
Como podemos apreciar, todo fue cuestión de actitud y voluntad política.
Nos enseña que, a veces, lo importante es la persona, no tanto la institución o la ley. Que las actitudes son más importantes que las aptitudes.
Nos obliga a reflexionar. Porque, usualmente, cuando enfrentamos una crisis política o institucional, tendemos a echarle la culpa a las instituciones o a las leyes. Creemos que sacando más leyes, o cambiando la institución, vamos a resolver el problema.
Doña Violeta nos enseñó que no siempre es así. A veces los culpables son las personas. A quienes hay que cambiar es a las personas.
Haber optado por la democracia fue fundamental. No puede ser casualidad que el mejor gobierno nicaragüense que hemos conocido, sea precisamente el gobierno que optó por la democracia.
Eso no es casualidad. Eso quiere decir que la democracia funciona.
Cuando es verdadera.
Comprendiendo que la democracia no se limita a las elecciones. Que las elecciones por sí mismas no son suficientes para decir que hay democracia; y tampoco bastan para que un gobernante se considere inamovible.
Las elecciones son importantes por supuesto, pero son un primer paso. Son un medio, no un fin. Sirven para darle la oportunidad a un pueblo a cambiar pacíficamente al gobernante. Esa es la razón de ser de las elecciones.
Aprendimos que la democracia es un proceso, que es una cuestión cultural. No es cuestión de leyes.
También aprendimos que, desde el punto de vista institucional, además de unas elecciones transparentes, hay otras dos cosas que son fundamentales para decir que hay democracia: que haya una oposición legítima, y que haya alternabilidad en el poder.
En esto radica la verdadera democracia. Y constituye la esencia de la institucionalidad democrática. El fin último del sistema electoral, es, pues, la alternabilidad.
La señora Chamorro lo entendió muy bien. Nunca pretendió reelegirse. No se aferró al poder. No tuvo vocación de caudillo.
Que humildemente haya pedido perdón a Nicaragua por no haber podido cumplir en todo. Que haya regresado a su misma casa, tranquilamente, sin ínfulas de caudillismo. Sin haberse enriquecido. Sin haberse robado un centavo. Es ejemplar.
Nos lleva a reflexionar sobre la esencia de la actitud, del coraje, de la determinación. Y también sobre la esencia de la democracia, y sobre la importancia de la política. De la verdadera política.
El ejemplo de doña Violeta reivindica la política.
Gobernó respetando la independencia de poderes, con una Asamblea Nacional en oposición, sin partido político, sin ejército, sin policía, respetando a la oposición y dándole su lugar, con libertad de prensa y de movilización. Hizo de la reconciliación, del diálogo y del estado de derecho su fortaleza.
Y así, logó su cometido. Cumplió en gran parte con el mandato popular de cambiar el país.
La llamada “Triple Transición”: de la guerra a la paz, de una economía estatizada a un sistema de libre empresa, y de un régimen totalitario a una democracia liberal.
Que viéndolo ahora en perspectiva, veinte y cinco años después, podemos percibir que sus tres más importante legados históricos han sido: la pacificación con reconciliación, la estabilización con despegue económico y la democratización con reforma política.
Lo cual por supuesto incluye una cantidad de logros específicos, como la estabilización de la moneda, el fin de la hiperinflación, la reducción de la deuda externa, la reducción e institucionalización del ejército, el desarme de la Resistencia, la independencia de poderes, la despartidización de la Corte Suprema, el pluripartidismo, la libertad de prensa, el fin del servicio militar, la reactivación del mercado, la reapertura de los organismos financieros internacionales, la eliminación de la tarjeta de racionamiento, y otros que sería muy extenso relacionar aquí.
No se puede pasar por alto la humildad.
La humildad es otro atributo de doña Violeta, Y es una de las características de su estilo de gobierno.
Como parte de su indiscutible visión de estadista, con mucha inteligencia, supo entender sus limitaciones. Nunca pretendió ser dueña de la verdad.
Escogió a sus colaboradores con base en sus méritos personales, académicos y profesionales, no por su afiliación política. Y los empoderó.
Les dio autoridad. Incluso para escoger a su criterio a sus propios y respectivos equipos de trabajo. Pero, al mismo tiempo, los hizo responsables directos y personales por los resultados de sus respectivas carteras.
Esto es quizás una de las claves de la buena gobernanza de la señora Chamorro. Pero hay que entender que eso fue posible porque su gobierno no era partidario.
Algo inédito en nuestro país.
Tanto los logros, como las fallas de ese gobierno, son responsabilidad de los que integraron el equipo de gobierno de la señora Chamorro. De todos.
Independientemente de la tendencia política personal, todos los que fuimos miembros de ese equipo, unificamos esfuerzos, y fuimos una sola voz, para lograr transitar el difícil camino de la transición.
Algo también poco usual.
La mayoría de nosotros, de los que fuimos parte de ese equipo de gobierno, estamos retirados de la política, dedicados a nuestras profesiones, trabajos y negocios.
Nos alejamos de la política. Cumplimos con nuestro compromiso de colaborar con la señora Chamorro, y nos retiramos. Porque no éramos políticos. O porque creíamos que no éramos políticos.
La visión de estadista de doña Violeta se evidencia en el hecho de que no dudó en absorber todos los costos políticos de la transición.
A la administración Chamorro, le tocó absorber todos los costos sociales y políticos, tanto de la transición, como de las medidas de ajuste estructural. Le tocó absorber los costos de la transformación del país.
Y lo hizo con decisión, plenamente consciente de lo que significaba.
Los organismos financieros internacionales impusieron un plan económico, que pasaba por sacrificar políticamente al gobierno.
Pero el país no tenía alternativa, había que reconstruirlo. Había que asumir esos costos. Y fueron asumidos con determinación y estoicismo.
Esto obligó a hacer depender la estrategia política de los resultados del plan económico, cuando esos resultados no se iban a ver en ese periodo.
La prueba de esta distorsión es que, mientras los indicadores macroeconómicos señalaban que la economía iba creciendo, la popularidad del gobierno iba bajando. El plan económico fue exitoso, pero con un alto costo político.
El costo fue enorme. Fue un costo institucional y personal. En ese entonces, a doña Violeta, por su mentalidad de estadista, no le importó.
Creyendo que los próximos gobiernos iban a continuar con el proyecto de la transición, fortaleciendo la democracia, la economía y la institucionalidad. Lamentablemente no fue así.
Esa dependencia a los resultados del plan económico, descuidó el manejo de la imagen del gobierno, que representó un costo político adicional. Nos impidió saber explicar el significado de la transición.
Esa falta de manejo en la imagen del gobierno, por haber apostado a los resultados del plan económico, significó un alto costo para la Administración Chamorro, ya al final del período.
Un costo que ya no se pudo revertir.
Pero, como dice doña Violeta, “ahora con el tiempo las cosas se ven mejor”, se entienden mejor, ahora se pueden comprender muchas cosas.
Eso es lo que caracteriza a los estadistas. Asumen los costos del momento, con resignación, pensando en beneficiar a las próximas generaciones. Esperando, quizás, el juicio posterior de la historia. Confiando en una reivindicación futura. Que a veces se da, y a veces no.
Aprendimos que no basta con sentar las bases de la democracia y del desarrollo económico para garantizar el futuro del país. La experiencia histórica nos lo demuestra.
La democracia y la institucionalidad son procesos permanentes, que hay que alimentar.
Para concluir, quiero hacer algunas reflexiones finales, con base en todo lo dicho.
La democracia liberal republicana, que es el modelo de democracia en el que nosotros creemos, está perdiendo credibilidad.
No porque la misma democracia se esté devaluando, sino por culpa de los que se dicen democráticos, pero no lo son. Ellos son los que la han desprestigiado.
Las dictaduras de ahora se presentan disfrazadas con formas y apariencias democráticas. Los espacios que abren para el ejercicio democrático son limitados, y controlados en los propios términos del gobierno autoritario. Son democracias dirigidas. Son democracias populistas. No son verdaderas democracias. Pero aparentan serlo.
Se hace necesario, por tanto, recuperar los valores de la verdadera democracia, la democracia que queremos, en la que creemos. Hay que rescatarla y volver a confiar en ella.
Y, en Nicaragua, el mejor referente, el mejor ejemplo, es el gobierno de doña Violeta.
El repaso que hemos hecho sobre ese período, aunque corto y limitado por el tiempo, es suficiente para detectar algunas enseñanzas y características propias del estilo de gobierno de doña Violeta en el campo de la institucionalidad democrática, que forman parte de su legado histórico.
Y que pueden ser de utilidad para elaborar una línea de pensamiento, que puede resultar refrescante e inspirador para la Nicaragua de hoy en día.
De esas experiencias, podemos destacar la importancia de la actitud y de la voluntad política. La importancia de las personas, ante las instituciones y las leyes.
La experiencia ya vivida de que la democracia, apoyada en el respeto a los derechos políticos fundamentales de la libertad, funciona. Aun con sus fallas, pero funciona mejor para el ciudadano de la calle, que otros sistemas de gobierno.
Que el estado de derecho y la independencia de poderes son fundamentales.
La forma de gobernar, con honestidad, con humildad, que nos enseñó doña Violeta, que hizo de la reconciliación y del diálogo su estilo propio, marcó la diferencia.
El empoderamiento de los ministros, delegando responsabilidades fue clave.
La visión de estadista, la determinación de hacer lo que se debe hacer. Y su espíritu de sacrificio, asumiendo conscientemente los costos políticos, sin esperar resultados a corto plazo, y sin pensar en méritos y reconocimientos, es ejemplar.
Y, por último, muy importante, que la democracia es un proceso permanente, que hay que cuidar. No basta con sentar las bases de la democracia.
Son experiencias y ejemplos, que hay que saber capitalizar.
El legado y el ejemplo de ese gobierno es un recurso que no se ha usado debidamente, que no se ha aprovechado, para hacer conciencia de que la democracia funciona, de que sí se puede. De que hay otra opción.
Lo menos que podemos hacer, es aprovechar esa experiencia histórica, para trasmitir un mensaje de esperanza a nuestros jóvenes, que andan desconcertados, buscando en qué creer.
Sería el mejor homenaje, el mejor reconocimiento, a la memoria emblemática de esa mujer. Y digo MUJER con mayúsculas, porque no podemos desconocer que es una mujer, la única que ha gobernado este país, la que nos está dando el ejemplo de cómo gobernar.
Capitalizar la experiencia de esta mujer, que hizo su mejor esfuerzo y pagó enormes costos políticos y personales, para instaurar la democracia, y tratar de que Nicaragua volviera a ser República, es el mejor homenaje que se le puede hacer.
El estilo y legado
de Doña Violeta
Pedro Joaquín Chamorro
En el 25 aniversario de la Toma de Posesión de mi madre, Violeta Barrios de Chamorro, uno de sus más estrechos colaboradores, el Dr. Tomás Delaney hablando en nombre de la Fundación, pronunció lo que en mi opinión es la mejor síntesis de lo que fue su estilo de gobierno y legado histórico que dejó a las futuras generaciones.
Delaney fue Vice Ministro de la Presidencia para asuntos de Estado y Director de Asuntos Legales de la Presidencia, teniendo a su cargo las relaciones institucionales y legislativas de la Presidencia.
Como este país es uno de escasa memoria histórica y además, hace 25 años ni siquiera había nacido la mayoría de la población actual de Nicaragua, he decidido ocupar esta columna semanal para hacer una síntesis de lo que fue esta exposición magistral que tuvo lugar la noche del pasado 24 de abril en el Hotel Inter Metrocentro, evento que fue auspiciado por la Fundación Violeta Barrios de Chamorro y Hagamos Democracia.
Delaney cita a Doña Violeta: “al principio no me entendieron. Ahora todo se ve mejor, se logra apreciar de una manera más clara lo que fue sea triple transición” y luego elabora diciendo que fue “un gobierno de actitudes”, un gobierno donde se impuso la voluntad política sobre las adversidades, de allí que la primera condición fundamental para hacer un buen gobierno es la voluntad y las buenas intenciones.
Al asumir su mandato se encontró con instituciones y un andamiaje legal que no respondían al modelo de democracia que ella quería impulsar, sino a un modelo totalitario y a una economía estatizada. No tenía un partido, porque la UNO era una alianza electoral, solo el mandato popular para cambiar el país y un reducido grupo de colaboradores. Ni siquiera tenía el control del poder legislativo.
Contaba sí con una visión de estadista natural y una vocación democrática inspirada y forjada en el ejemplo de la lucha de mi padre y una inmensa voluntad política para lograr su misión.
Comprendió entonces que su fortaleza estaba en la institucionalidad y decidió gobernar con la Constitución y las leyes existentes, aunque le fuesen adversas. En lugar de buscar como evadir las leyes o cambiarlas para hacerlas a su imagen y semejanza como ha sido la tradición histórica en Nicaragua, fue la primera en respetarlas.
La oposición sandinista de ese entonces se quedó desconcertada, no estaba acostumbrada al imperio del derecho y tampoco podía oponerse institucionalmente porque eran sus propias leyes las que se estaban haciendo cumplir. Recurrieron entonces a la violencia, a las asonadas.
Según Delaney, intentaron desestabilizar al gobierno con huelgas, manifestaciones y tomas, pero no pudieron contra la legitimidad y carisma de Doña Violeta. Poco a poco los marcos legales y las instituciones comenzaron a cambiar y acomodarse al proceso de transición. Comenzó la reforma del estado y la transformación del país.
Todo fue cuestión de actitud y voluntad política, según Delaney, lo importante es la persona, no tanto la institución o la ley. Doña Violeta nos enseña que las actitudes son mas importantes que las aptitudes.
Y fue así que logró su cometido cumpliendo con el mandato popular de cambiar el país, logrando culminar, lo que se ha llamado “la triple transición”: de la guerra a la paz, de una economía estatizada a un sistema de libre empresa y de un régimen totalitario a una democracia liberal.
Lo logró con su estilo y su ejemplo, una cualidad fundamental es la humildad. Pidió perdón a Nicaragua por no haber podido cumplir en todo. No se aferró al poder, nunca pretendió reelegirse porque comprendió que el fin ultimo y la esencia de la institucionalidad democrática es la alternabilidad en el poder. Nunca anduvo con infulas de caudillismo, no se enriqueció y se retiró a su casa sin haberse robado un centavo.
Como parte de su visión de estadista, con mucha inteligencia, supo comprender sus limitaciones y nunca pretendió ser dueña de la verdad. Escogió a sus colaboradores con base a sus méritos personales, académicos y profesionales, no por su filiación política y los empoderó.
Es decir, les dio autoridad, incluso para escoger a sus propios equipos de trabajo, pero los hizo responsables directos y personales por los resultados. Una de las claves de su buena gobernanza, concluye Delaney, es que su gobierno no fue partidario y al concluir su misión todos se retiraron a sus casas y a sus ocupaciones, algo inédito en Nicaragua.
El autor es diputado de la Bancada de la Alianza PLI