Crónica de la celebración por nuestra promoción Sábado 3 septiembre 2016

Estación 1: Invocación – Silencio como origen

En el umbral de toda escucha, el silencio nos convoca a la presencia. Cada pausa es un espacio donde nace la nada fecunda. Abre tus sentidos: lo no dicho ya vibra.

 

Estación 2: Meditación I – Memoria herida

La memoria duele y sana a la vez. Cada eco del ayer nos devuelve a lo amado y perdido. Escucha el susurro que habita en el recuerdo.

 

Estación 3: Meditación II – Exilio y resistencia

El exilio rompe raíces pero cultiva alas interiores. En el crisol del desarraigo se forja la dignidad. Que cada nota sea un estandarte de libertad.

Estación 4: Meditación III – Luz en la oscuridad

En la noche más densa nace la chispa divina. La ternura de lo diminuto revela horizontes infinitos. Deja que la luz interna te guíe.

 

Estación 5: Meditación IV – Reconciliación

La reconciliación florece donde el rencor se rinde. En el eco de la belleza hallamos perdón y futuro. Entrega el pasado a la música que sana.

Estación 6: Meditación V – Testimonio

Cada acorde es un testigo del dolor silenciado. La palabra musical alza la voz por quienes no pueden. Que tu escucha sea un acto de justicia.

Estación 7: Meditación VI – Transfiguración

El alma se refleja en la armonía perfecta. Cada repetición es un portal hacia lo eterno. Permite que tu ser se disuelva en el infinito.

Estación 8: Conclusión – Bendición del camino

La esperanza no es un punto final sino el aliento que sostiene el trayecto. Llevamos esta huella sonora como bendición en la marcha.

 

Con nuestro más sincero agradecimiento a Tomás Delaney » del viejo colegio»   y a Natalia «del nuevo». ………..La pandilla «del viejo» producto de una educación especial en honor de los profesores y de la cultura de entonces 

EL CENTENARIO DEL CCA

En Junio o Julio yo intenté hablar con el padre Zubizarreta, que es el provincial de los jesuitas en Nicaragua, para decirle que nuestra Promoción de Bachilleres del CCA 1960 “Gilberto Robelo Pereira” tenía interés en participar en el programa de celebración de los cien años del CCA, y para solicitarle una reunión, pero me fue imposible localizarlo por teléfono.

Entonces, Augusto Morales y yo visitamos al padre Parrado, nuestro antiguo maestro en el viejo Colegio, en la residencia de los jesuitas aquí en Managua, para hacerle ese mismo ofrecimiento.

A Parrado le hicimos ver que nuestra promoción es una de las mejor organizadas, que tenemos una página web –le explicamos en qué consistía esta página– y que además hacemos obras sociales (el caso de nuestra becaria). Que considerábamos que la nuestra podía servir de ejemplo para otras promociones.

Tuvimos una ligera discusión con Parrado, porque él sostenía que la celebración que se hiciera sobre el centenario, cualquiera que fuera, abarcaba a todos, porque los dos colegios (el de Granada y el de Managua) eran la misma cosa.

Nosotros sosteníamos que, institucionalmente, para la Compañía de Jesús, podría ser así, pero que para los que estuvimos internos en Granada son dos cosas distintas. Que nosotros no nos sentimos identificados con el Colegio de Managua; que no nos oponemos a celebrar juntos, pero que era importante darle su lugar a los de Granada en la celebración.

Parrado nos dijo que él en lo personal no estaba involucrado en la organización de esa celebración, que ese programa estaba a cargo directamente de la Dirección del Colegio. Que hablaría con el Rector del Colegio, que es el padre Domingo Cuesta, panameño, y que después nos informaría.

Unos pocos días después, Parrado nos transcribió el correo que él le había enviado al Rector informándole de nuestra visita y explicándole nuestro interés y pidiéndole que nos recibiera. Y también nos transcribió la respuesta del Rector diciendo que no tenía tiempo para recibirnos.

Supimos después que la misma actitud había asumido el Rector con otras promociones del viejo colegio, que también estaban interesadas en participar en las celebraciones.

Esto nos molestó mucho, y lo compartimos con otros compañeros aquí en Managua.

A comienzos de Agosto, la Directora de Secundaria del Colegio le preguntó a los alumnos de Cuarto Año –donde está mi nieta Natalia– quién de ellos descendía de una familia donde en las dos generaciones anteriores hubiera exalumnos del CCA. La única que levantó la mano fue Natalia, porque mi hijo José Tomás y yo somos bachilleres del CCA.

Por esa razón, la Directora me invitó a llegar al Colegio a dar una charla a los estudiantes sobre la historia del Colegio Centroamérica y para que les contara cómo era el antiguo Colegio. Lo que hice con gusto.

Los estudiantes quedaron impresionados, con lo que les conté. No tenían –o mejor dicho, no tienen– la menor idea de que lo que fue aquel Colegio. No conciben un internado.

Parece que esa charla fue motivo de algunos comentarios entre los estudiantes del CCA, y a consecuencia de ello, los de Quinto Año me solicitaron –y yo les concedí– una entrevista sobre cómo era el internado y la vida en el antiguo Colegio, para completar un trabajo que les habían dejado a propósito del centenario.

También estos muchachos de Quinto Año se quedaron asombrados con lo que les dije. Uno de los entrevistadores al final me dijo: “Ni sombra de lo que es este Colegio de Managua. Ya quisiéramos haber estado en ese viejo Colegio”.

Siempre a consecuencia de lo mismo, a mediados de Agosto la Dirección del Colegio me invitó a participar en un acto especial en homenaje a San Ignacio de Loyola, donde me pidieron que leyera una oración. También acepté y fui.

Ahí tuve la oportunidad de conversar con el Rector y con otros funcionarios del Colegio, y aproveché la ocasión para hablarles de nuestra Promoción, y de nuestro interés en destacar nuestro esfuerzo y ejemplo. Les di la dirección electrónica de nuestra página web y les invité a que la visitaran. Se mostraron interesados.

Al Rector le hice ver que los cien años que se están celebrando, son del viejo Colegio de Granada. Que el de Managua, tiene como cincuenta años nada más. Que por eso era importante tomar en cuenta a los viejos exalumnos, y darles un lugar destacado. Él asintió con la cabeza, pero no me hizo ningún comentario.

Mi impresión es que este Rector es buena gente –por lo que he oído sobre él––, pero siento que está desconectado de nuestra realidad histórica.

Unos días después de ese evento, recibí una invitación (una tarjeta formal) para asistir como invitado especial a la conmemoración oficial del centenario del CCA en el Colegio de Managua.

Por lo que supe, las invitaciones a esa conmemoración eran restringidas. No estaban invitando a todos los exalumnos. No sé con qué criterio escogieron a los invitados. Asumo que a mí me invitaron por mi participación en los eventos anteriores que les mencioné.

Al comienzo, cuando recibí la invitación, aunque la agradecí, no sabía si ir o no, porque me sentía incómodo por la actitud del Colegio de no darnos a los viejos alumnos un lugar destacado en las celebraciones, y sobre todo a nuestra Promoción.

Pero, al final, decidí asistir a la conmemoración, en parte por insistencia de Natalia –que en alguna forma se sentía promotora de que me hubieran invitado– y en parte por curiosidad para ver quiénes llegaban.

Asistí entonces, acompañado de Natalia y de mi hija Julia Karina.

Y aquí viene la parte que más me interesa comentarles, porque confirma lo que Augusto y yo discutimos con Parrado.

El evento oficial de la Conmemoración de los Cien Años del Colegio Centroamérica tuvo lugar a las 5:00 pm. de antier jueves 1º de Septiembre en la Cancha Techada de Secundaria del Colegio –que para los que no la conocen, es bien amplia y cómoda–, y consistió en una misa concelebrada por el cardenal Brenes, por el provincial jesuita para Centroamérica (creo que es salvadoreño), por el Rector del Colegio, por Zubizarreta y por otros sacerdotes jesuitas.

Hubo tres discursos: uno del cardenal Brenes haciendo una reseña de lo que ha representado el CCA para Nicaragua. Me gustó lo que dijo, se ve que está bien informado. Otro discurso fue el del provincial, más de fondo, explicando qué consiste “educar” para los jesuitas. También me gustó, porque me recordó la enseñanza recibida en Granada, fue muy coherente. Y el otro discurso fue del Rector, ya más superficial, más formal, agradeciendo a los presentes y al personal del Colegio.

Un par de bailes folklóricos con muchachos del Colegio, un conjunto musical de cuerdas, y un sencillo brindis al final (jugo de naranja con repostería). Nada más.

Mi principal interés consistía en ver cuántos exalumnos del viejo Colegio llegaron. Fuimos muy pocos. De nuestra promoción solo llegué yo. De las promociones cercanas anteriores a la nuestra no distinguí a nadie (había por supuesto varios rostros desconocidos, pero no reconocí a nadie). De las promociones posteriores, sólo vi a tres: René Chávez, Ernesto Salmerón y Rafael Chamorro.

En total, calculo que estábamos como unos veinte del viejo Colegio (prácticamente…, nadie). Este cálculo lo hago porque el cardenal Brenes, al final de la misa, antes de la bendición, dijo que sería interesante saber quién era el exalumno del CCA de mayor edad que estaba presente ahí.

Y dijo: “Vamos a comenzar con los de noventa años… Que levante la mano el que tenga noventa años!”. Por supuesto, nadie la levantó. “A ver…, que levante la mano el que tenga 89 años…, el que tenga 88…, el que tenga 87…,” y así sucesivamente, hasta llegar a los 50.

El primero que levantó la mano fue uno de 82 años, que no supe quién era porque no decían los nombres, sólo aplaudían. Yo calculo que los que levantamos las manos en total fuimos como veinte. Muy pocos.

Terminada la misa, camino al brindis, me encontré con Parrado. Y él se anticipó a decirme, que era notoria la ausencia de los exalumnos de Granada. Le recordé lo que le habíamos expresado Augusto y yo cuando lo visitamos. Me dijo que teníamos razón.

Y yo le dije: “Vea padre, estamos hablando de dos cosas distintas. Una cosa es este Colegio, y otra cosa fue el de Granada. Y no es que el uno sea mejor que el otro, sino que sencillamente son conceptos diferentes.

Y la prueba es lo que pasó hoy. No sólo nosotros sentimos la diferencia, sino que la misma Dirección del Colegio está marcando la diferencia, al no habernos dado el espacio de participación que nos correspondía, y por la forma de invitación selectiva para el evento oficial”.

Parrado asentía con la cabeza, y me dijo: “Entiendo lo que sienten ustedes. Cinco años de convivencia en comedores, estudios, dormitorios, cobertizos, los une mucho. Marca una diferencia”.

“Los del viejo Colegio estamos pensando hacer algún tipo de conmemoración”, le dije. “Espero que usted nos acompañe. Usted es el único cura que fue profesor nuestro en el Colegio de Granada que todavía está entre nosotros”.

“Cuenten conmigo”, me contestó. “Y, a propósito, qué clase fue la que yo les dí a ustedes, fue Geografía o Historia de Nicaragua?”, me preguntó. “Creo que fue Geografía”, le contesté sin estar seguro. (Francamente, no recuerdo). Quizás alguno de ustedes lo recuerda.

Hay exalumnos de otras promociones del viejo Colegio que sienten la misma incomodidad que nosotros, y que piensan que deberíamos por aparte organizar algún tipo de celebración o algo por el estilo, sólo los del viejo Colegio de Granada.

Simeón ha estado haciendo contactos con algunos exalumnos de otras promociones, al respecto. Yo también, y entiendo que Carlos Siles también. A propósito, aprovecho para decirles que Augusto está de nuevo en Colombia haciéndose un chequeo por la operación que tuvo. En todo ha salido bien, creo que regresa este fin de semana.

Dispensen que esta crónica haya resultado tan extensa, pero pensé que estos detalles podrían resultar de interés para los que han estado pendiente sobre la celebración del centenario.

Mis felicitaciones para cada uno de ustedes, porque nuestro Colegio, del que nos sentimos tan orgullosos, haya dejado un legado que está cumpliendo cien años, con el reconocimiento de la sociedad entera, incluyendo la Asamblea Nacional que le hizo un Homenaje oficial otorgándole la Medalla de Honor al Mérito.

Aunque, personalmente, pienso que la formación integral que nosotros recibimos en Granada, es distinta a la que están recibiendo los estudiantes del Colegio de Managua, por varias razones

Por eso digo que los cien años que se están celebrando, no es tanto del Colegio como institución, sino del legado de una educación que ya no existe. Y por eso pienso que nosotros, que somos los legatarios, merecíamos un lugar especial en el marco de las celebraciones oficiales.

Un abrazo con el afecto de siempre para cada uno de ustedes

TDelaney, Managua, sábado 3 septiembre 2016

 

 

Estación Meditativa

Los Dos Leones: Custodios de la Dignidad Humana en Tiempos de Revolución

León XIII (1891) — León XIV (2026)

Antífona inicial

«El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado»
(Gaudium et spes, 22)

 

I. Dos épocas, un mismo temblor

En 1891, León XIII contempló el mundo desgarrado por la Revolución Industrial: fábricas humeantes, jornadas inhumanas, familias rotas, obreros sin derechos.
En 2026, León XIV contempla otro temblor: la Revolución Algorítmica, donde la inteligencia artificial penetra decisiones, imaginarios y estructuras de poder.

Ambos escuchan el clamor del ser humano amenazado.
Ambos responden con la misma certeza:
la dignidad no se negocia, se custodia.

II. León XIII: el pastor que vio nacer al trabajador moderno

En la noche más dSu mente tomista, ordenada y luminosa, le permitió leer la historia como un sistema moral.
En Rerum novarum defendió al obrero cuando nadie lo hacía.
Proclamó que el trabajo es acto de persona, no mercancía.
Y abrió el camino de la Doctrina Social de la Iglesia.

San Agustín lo habría reconocido:
«Ama y haz lo que quieras» — porque el amor ordena lo que el poder desordena.

 

III. León XIV: el pastor matemático ante la era algorítmica

 

Formado en matemáticas y ciencias computacionales, León XIV comprende desde dentro la lógica de la IA:
sus límites, sus sesgos, su poder, su fascinación.

Por eso advierte:

«La tecnología no es neutral: toma el rostro de quien la concibe, la financia y la utiliza»
(Magnifica Humanitas, 9)

Su mirada agustiniana le impide absolutizar la técnica.
Su mente matemática le impide demonizarla.
Su corazón pastoral le exige discernirla.

Como Santo Tomás enseñaba:
«La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona».
Así también la técnica: iluminada por la gracia, puede servir al bien.

IV. Dos guardianes ante dos torres

 

León XIII vio la tentación de una Babel industrial:
la idolatría del capital, la uniformidad del trabajo sin alma.

León XIV ve la tentación de una Babel digital:
la reducción del ser humano a datos, la homogeneización algorítmica, el poder privado sin rostro.

Ambos responden con la misma imagen bíblica:
no construir torres que desafían a Dios, sino reconstruir Jerusalén,
donde cada persona tiene un tramo de muralla que custodiar.

V. La sabiduría de los Padres que los sostienen

 

San Agustín

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Ambos Papas ven que la técnica —industrial o digital— no puede calmar esa inquietud.

Santo Tomás de Aquino

«La persona es lo más perfecto de toda la naturaleza».
Ambos Papas recuerdan que ninguna máquina puede superar la grandeza de un corazón humano.

VI. Oración final

 

Señor Jesucristo,
que en cada época suscitas pastores capaces de leer los signos de los tiempos,
te damos gracias por León XIII y León XIV,
guardianes de la dignidad humana
ante las revoluciones que quisieron reducir al hombre
a fuerza de trabajo o a dato calculable.

Concédenos, como ellos,
la valentía de discernir,
la sabiduría de custodiar,
y la ternura de servir.

Haznos constructores de Jerusalén,
no arquitectos de Babel.
Amén.