Mis recuerdos de Gilberto Robelo Pereira, alias Cara Pálida.
La imagen que guardo de Gilberto es como la que aparece en la foto que ponemos de él. Peinado para atrás, con el collar celeste donde colgaba la medalla de la Virgen y vecino mío de dormitorio.
En el tercer piso del ala derecha del edificio del Colegio, en el dormitorio de la Mayor, frente a la cuarta ventana que daba hacia Granada, refrescados por el viento del lago y algunas veces, despertados y empapados, obligados por la lluvia a correr a cerrar las pesadas ventanas, cuyas aldabas lloraban por falta de aceite, teníamos nuestras respectivas cómodas y camas, el orden alfabético imponía la vecindad, Allí a las ocho y media de la noche cuando apagaban las luces y teníamos que guardar silencio, esperando que el Vigilante se marchara o se entretuviera rezando el rosario, y no nos mandara a callar, nosotros conversábamos, en susurro, nuestras experiencias amorosas, reales o imaginarias y nuestras inquietudes religiosas, políticas y filosóficas. De qué otra cosa podían conversar dos jóvenes que, a duras penas y bajo protesta, nos aceptaban en la Liga de los malos jugadores de futbol, la Quebranta huesos.
Fuera del colegio yo conocía a Gilberto, su padre trabajaba en la Cámara de Diputados y mi padre, en ese tiempo era diputado, quizás por eso asistí con mi padre, en el Cementerio General de Managua, a su entierro, aunque no lo acompañe a su tumba, porque en esas salidas-vacaciones que teníamos los internos para esas fechas, me había operado de un uñero en el dedo gordo del pie derecho, obra de los zapatos de cuero de baqueta que usábamos los provincianos para jugar, y temía se me infestara, además no caminaba bien y andaba en sandalias.
La muerte de Gilberto, removió mis inquietudes religiosas.
Revivieron en mí los temores infundidos en los Retiros Espirituales, que proponía San Ignacio y los curas nos exigían realizar en la Palmera en Diriamba. Esos ejercicios duraban tres días, supongo que en memoria del tiempo que Jesús anduvo en los Infiernos después de su muerte, pues ese era el destino que nos pronosticaban, sin resurrección, si no enmendábamos nuestra conducta; allí nos conducirían especialmente los pecados de la carne, los otros, los veniales, solo nos llevarían a un paseíto por el Purgatorio. Eso de los pecados carnales me preocupaba, sería el de comerla pensaba yo, porque los frijolitos que nos cocinaban en La Palmera las monjitas, todavía bailan en mi memoria palatina, nos apartaba del deseo de comerla, pero otra cosa sería si eran otras carnes no cocinadas, palpitantes y temblorosas, refugiadas en sonrosados y tímidos pechos que atizaban nuestros pensamientos lúbricos, que adornados por la imaginación acompañaban o incitaban a las practicas onanistas, eso era diferente. Para esas actividades se enderezaban las prédicas del sufrimiento de Cristo, el temor al fuego eterno y el flagelo recibido de rodillas sobre piedrines, nos hacía prometer castidad eterna, eternidad que se iniciaba el sábado que finalizaban los ejercicios espirituales y terminaba, por arte y virtud de las novias, en las bancas traseras de las tandas del cine vespertino del domingo.
De eso y otras cosas, la política no podía faltar, conversábamos o susurrábamos en nuestros dormitorios. Era el último año de bachillerato, en esas conversaciones me confidenció, que en las vacaciones grandes, se había ido a trabajar con un tío a Corinto que estaba haciendo trabajos ingenieriles en el Puerto y él pensaba estudiar Ingeniería. Que su tío le había conversados de una visión diferente de la religión y que estaba pensando que no todo lo que creía era real. Yo también le confidencié que por conversaciones con mi padre y lecturas, de Voltaire, Rousseau y otros no creyentes, inducidas por mi hermano mayor, me parecía que la religión era más mito, fantasías basadas en la fe, que realidades humanas. Además de lo poco edificante que era la vida de los Papas y religiosos en general, que estaban muy lejos dela enseñanzas de Jesús.
Estábamos en plena crisis espiritual y existencial. No encontrábamos sentido a la vida y menos comprender las injusticias sociales. Imagínense Ustedes esas pláticas nocturnas de adolescentes, eran interminables, saltarinas, pasábamos de la belleza de tal muchacha al encabe de un compañero, la imposible virginidad de María, a la visita a un prostíbulo, de si Jesús fue casado y su relación con María Magdalena, de que si Dios nos creó, nos ama y protege, porque permite el mal, el dolor y el sufrimiento, que como era posible la creación en siete días cuando sabemos la infinitud del Universo, de la intransigencia de Clavito que nos llevaba a apedrear protestantes y también de los amores fallidos, de los desprecios en algún pereque o de los chismes de compañeros peleándose la misma novia.
Piensen Ustedes en dos adolescentes parlanchines, obligados a compartir dormitorio, donde era prohibido hablar. Gracias a esa prohibición conversamos y compartimos tanto tanto Gilberto y yo.
Por eso me chocaba el panegírico religioso que hacían de Gilberto, cuando para de quien hablaban no era el amigo que conocí, con inquietudes y sensible a otra realidad. El Gilberto oficial no era mi amigo Gilberto, mi compañero de dormitorio y de inquietudes.
Todo eso se lo llevó el viento y la lluvia del Lago de Granada y lo poco que queda, una hojita del árbol de la vida, la estoy compartiendo con Ustedes. Pronto Gilberto y yo y Ustedes habremos desaparecido no tanto de esta vida que es obligatorio, si no de la memoria de lo vivido. Gilberto fue bueno, humano, sencillo sin necesidad de apoyos o bastones religiosos. Era bueno porque era bueno. Era producto de padre y madre buenos, honestos. Eso era lo que yo sentía cuando oía los sermones en las misas conmemorativas. Gilberto y yo le pegamos un mordisco a la noche con nuestras pláticas, creo que no nos iremos al infierno por morder la manzana de la vida.
Gracias a Dios no hay infierno, se los dice un agnóstico. Que no sabe dónde está ni Gilberto ni Dios, pero para mientras Gilberto vive en la memoria de nosotros sus compañeros de Bachillerato, en mis recuerdos de esas conversaciones, y Dios en la mente de los que todavía creen. 24 de Marzo del 2019 Simeón Rizo Castellón desde La Galia