Gilberto nos dejó hace 60 años y así lo recuerda Simeón

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Estación 1: Invocación – Silencio como origen

En el umbral de toda escucha, el silencio nos convoca a la presencia. Cada pausa es un espacio donde nace la nada fecunda. Abre tus sentidos: lo no dicho ya vibra.

 

Estación 2: Meditación I – Memoria herida

La memoria duele y sana a la vez. Cada eco del ayer nos devuelve a lo amado y perdido. Escucha el susurro que habita en el recuerdo.

 

Estación 3: Meditación II – Exilio y resistencia

El exilio rompe raíces pero cultiva alas interiores. En el crisol del desarraigo se forja la dignidad. Que cada nota sea un estandarte de libertad.

Estación 4: Meditación III – Luz en la oscuridad

En la noche más densa nace la chispa divina. La ternura de lo diminuto revela horizontes infinitos. Deja que la luz interna te guíe.

 

Estación 5: Meditación IV – Reconciliación

La reconciliación florece donde el rencor se rinde. En el eco de la belleza hallamos perdón y futuro. Entrega el pasado a la música que sana.

Estación 6: Meditación V – Testimonio

Cada acorde es un testigo del dolor silenciado. La palabra musical alza la voz por quienes no pueden. Que tu escucha sea un acto de justicia.

Estación 7: Meditación VI – Transfiguración

El alma se refleja en la armonía perfecta. Cada repetición es un portal hacia lo eterno. Permite que tu ser se disuelva en el infinito.

Estación 8: Conclusión – Bendición del camino

La esperanza no es un punto final sino el aliento que sostiene el trayecto. Llevamos esta huella sonora como bendición en la marcha.

 

Mis recuerdos de Gilberto Robelo Pereira, alias Cara Pálida.

La imagen que guardo de Gilberto es como la que aparece en la foto que ponemos de él. Peinado para atrás, con el collar celeste donde colgaba la medalla de la Virgen y vecino mío de dormitorio.

En el tercer piso del ala derecha del edificio del Colegio, en el dormitorio de la Mayor, frente a la cuarta ventana que daba hacia Granada, refrescados por el viento del lago y algunas veces, despertados y empapados, obligados por la lluvia a correr a cerrar las pesadas ventanas, cuyas aldabas lloraban por falta de aceite, teníamos nuestras respectivas cómodas y camas, el orden alfabético imponía la vecindad, Allí a las ocho y media de la noche cuando apagaban las luces y teníamos que guardar silencio, esperando que el Vigilante se marchara o se entretuviera rezando el rosario, y no nos mandara a callar, nosotros conversábamos, en susurro, nuestras experiencias amorosas, reales o imaginarias y nuestras inquietudes religiosas, políticas y filosóficas. De qué otra cosa podían conversar dos jóvenes que, a duras penas y bajo protesta, nos aceptaban en la Liga de los malos jugadores de futbol, la Quebranta huesos.

Fuera del colegio yo conocía a Gilberto, su padre trabajaba en la Cámara de Diputados y mi padre, en ese tiempo  era diputado, quizás por eso asistí con mi padre, en el Cementerio General de Managua, a su entierro, aunque no lo acompañe a su tumba, porque en esas salidas-vacaciones que teníamos los internos para esas fechas,  me había operado de un uñero en el dedo gordo del pie derecho, obra de los zapatos de cuero de baqueta que usábamos los provincianos para jugar, y temía se me infestara, además no caminaba bien y andaba  en sandalias.

La muerte de Gilberto, removió mis inquietudes  religiosas.

Revivieron en mí los temores infundidos en los Retiros Espirituales, que proponía San Ignacio y los curas nos exigían realizar en la Palmera en Diriamba. Esos ejercicios duraban tres días, supongo que en memoria del tiempo que Jesús anduvo en los Infiernos después de su muerte, pues ese era el destino que nos pronosticaban, sin resurrección, si no enmendábamos nuestra conducta; allí nos conducirían especialmente los pecados de la carne, los otros, los veniales, solo nos llevarían a un paseíto por el Purgatorio.

Eso de los pecados carnales me preocupaba, sería el de comerla pensaba yo, porque los frijolitos que nos cocinaban en La Palmera las monjitas, todavía bailan en mi memoria palatina, nos apartaba del deseo de comerla, pero otra cosa sería si eran otras carnes no cocinadas, palpitantes y temblorosas, refugiadas en sonrosados y tímidos pechos que atizaban nuestros  pensamientos lúbricos, que adornados por la imaginación acompañaban o incitaban a las practicas onanistas, eso era diferente. Para esas actividades se enderezaban las prédicas del sufrimiento de Cristo, el temor al fuego eterno y el flagelo recibido de rodillas sobre piedrines, nos hacía prometer castidad eterna, eternidad que se iniciaba el sábado que finalizaban los ejercicios espirituales y terminaba, por arte y virtud de las novias, en las bancas traseras  de las tandas del cine vespertino del domingo.

De eso y otras cosas, la política no podía faltar, conversábamos o susurrábamos en nuestros dormitorios.

Era el último año de bachillerato, en esas conversaciones me confidenció, que en las vacaciones grandes, se había ido a trabajar con un tío a Corinto que estaba haciendo trabajos ingenieriles en el Puerto y él pensaba estudiar Ingeniería. Que su tío le había conversados de una visión diferente de la religión y que estaba pensando que no todo lo que creía era real. Yo también le confidencié que por conversaciones con mi padre y lecturas, de Voltaire, Rousseau y otros no creyentes, inducidas por mi hermano mayor, me parecía que la religión era más mito, fantasías basadas en la fe, que realidades humanas. Además de lo poco edificante que era la vida de los Papas y religiosos en general, que estaban muy lejos dela enseñanzas de Jesús.

Estábamos en plena crisis espiritual y existencial. No encontrábamos sentido a la vida y menos comprender las injusticias sociales. Imagínense  Ustedes esas pláticas nocturnas de adolescentes, eran interminables, saltarinas, pasábamos de la belleza de tal muchacha al encabe de un compañero, la imposible virginidad de María, a la visita a un prostíbulo, de si Jesús fue casado y su relación con María Magdalena, de que si Dios nos creó, nos ama y protege, porque permite el mal, el dolor y el sufrimiento, que como era posible la creación en siete días cuando sabemos la infinitud del Universo, de la intransigencia de Clavito que nos llevaba a apedrear protestantes y también de los amores fallidos, de los desprecios en algún pereque o de los chismes de compañeros peleándose la misma novia.

Piensen Ustedes en dos adolescentes parlanchines, obligados a compartir dormitorio, donde era prohibido hablar. Gracias a esa prohibición conversamos y compartimos tanto tanto Gilberto y yo.

Por eso me chocaba el panegírico religioso que hacían de Gilberto, cuando  para de quien hablaban no era el amigo que conocí, con inquietudes y sensible a otra realidad. El Gilberto oficial no era mi amigo Gilberto, mi compañero de dormitorio y de inquietudes.

Todo eso se lo llevó el viento y la lluvia del Lago de Granada y lo poco que queda, una hojita del árbol de la vida, la estoy compartiendo con Ustedes. Pronto Gilberto y yo y Ustedes habremos desaparecido no tanto de esta vida que es obligatorio, si no de la memoria de lo vivido.

Gilberto fue bueno, humano, sencillo sin necesidad de apoyos o bastones religiosos. Era bueno porque era bueno. Era producto de padre y madre buenos, honestos. Eso era lo que yo sentía cuando oía los sermones en las misas conmemorativas.  

Gilberto y yo le pegamos un mordisco a la noche con nuestras pláticas, creo que no nos iremos al infierno por morder la manzana de la vida.

Gracias a Dios no hay infierno, se los dice un agnóstico. Que no sabe dónde está ni Gilberto ni Dios, pero para mientras Gilberto vive en la memoria de nosotros sus compañeros de Bachillerato, en mis recuerdos de esas conversaciones, y Dios en la mente de los que todavía creen.

24 de Marzo del 2019

Simeón Rizo Castellón desde La Galia

Estación Meditativa

Los Dos Leones: Custodios de la Dignidad Humana en Tiempos de Revolución

León XIII (1891) — León XIV (2026)

Antífona inicial

«El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado»
(Gaudium et spes, 22)

 

I. Dos épocas, un mismo temblor

En 1891, León XIII contempló el mundo desgarrado por la Revolución Industrial: fábricas humeantes, jornadas inhumanas, familias rotas, obreros sin derechos.
En 2026, León XIV contempla otro temblor: la Revolución Algorítmica, donde la inteligencia artificial penetra decisiones, imaginarios y estructuras de poder.

Ambos escuchan el clamor del ser humano amenazado.
Ambos responden con la misma certeza:
la dignidad no se negocia, se custodia.

II. León XIII: el pastor que vio nacer al trabajador moderno

En la noche más dSu mente tomista, ordenada y luminosa, le permitió leer la historia como un sistema moral.
En Rerum novarum defendió al obrero cuando nadie lo hacía.
Proclamó que el trabajo es acto de persona, no mercancía.
Y abrió el camino de la Doctrina Social de la Iglesia.

San Agustín lo habría reconocido:
«Ama y haz lo que quieras» — porque el amor ordena lo que el poder desordena.

 

III. León XIV: el pastor matemático ante la era algorítmica

 

Formado en matemáticas y ciencias computacionales, León XIV comprende desde dentro la lógica de la IA:
sus límites, sus sesgos, su poder, su fascinación.

Por eso advierte:

«La tecnología no es neutral: toma el rostro de quien la concibe, la financia y la utiliza»
(Magnifica Humanitas, 9)

Su mirada agustiniana le impide absolutizar la técnica.
Su mente matemática le impide demonizarla.
Su corazón pastoral le exige discernirla.

Como Santo Tomás enseñaba:
«La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona».
Así también la técnica: iluminada por la gracia, puede servir al bien.

IV. Dos guardianes ante dos torres

 

León XIII vio la tentación de una Babel industrial:
la idolatría del capital, la uniformidad del trabajo sin alma.

León XIV ve la tentación de una Babel digital:
la reducción del ser humano a datos, la homogeneización algorítmica, el poder privado sin rostro.

Ambos responden con la misma imagen bíblica:
no construir torres que desafían a Dios, sino reconstruir Jerusalén,
donde cada persona tiene un tramo de muralla que custodiar.

V. La sabiduría de los Padres que los sostienen

 

San Agustín

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Ambos Papas ven que la técnica —industrial o digital— no puede calmar esa inquietud.

Santo Tomás de Aquino

«La persona es lo más perfecto de toda la naturaleza».
Ambos Papas recuerdan que ninguna máquina puede superar la grandeza de un corazón humano.

VI. Oración final

 

Señor Jesucristo,
que en cada época suscitas pastores capaces de leer los signos de los tiempos,
te damos gracias por León XIII y León XIV,
guardianes de la dignidad humana
ante las revoluciones que quisieron reducir al hombre
a fuerza de trabajo o a dato calculable.

Concédenos, como ellos,
la valentía de discernir,
la sabiduría de custodiar,
y la ternura de servir.

Haznos constructores de Jerusalén,
no arquitectos de Babel.
Amén.