Mi estimado amigo, Simeón,
Muchas veces hacemos planes que nunca se realizan: hace un par de años, tú y yo nos íbamos a reunir en casa de Armando y Silvia Calonje, en Monterey, California; Eso no se realizó.
Desde que te conocí en el colegio y en Fuente Pura, 1955-1957, no volví a verte en persona, sin embargo nuestra amistad perduró, gracias al correo electrónico y a la forma de ver las cosas desde un enfoque diametralmente opuesto; el enfoque era opuesto, el objetivo era el mismo: encontrar el sentido de nuestra existencia.
Conservo la carta escrita de tu puño y letra, desde La Galia, el 17 de Julio del 2015, con ella me enviaste varios de tus libros y el CD en el que tu hija canta una canción de cuna para tu nieta, su hija.
Intrépido caballero andante de la Mancha jinotegana, escogiste cabalgar abriendo tus propios caminos, mientras tu amigo jinotepino prefería los ya establecidos.
Te agradecí entonces, y ahora te agradezco una vez más lo que escribiste al final de la carta:
—«Así paso entretenido en esta mi finca donde espero algún día atenderte, cuando vengas a tu patria. Con afecto y no olvidada memoria al P. Aburto, el vigilante de la Pequeña».—
Esa fue otra cosa que jamás se realizó.
Según las leyes de la probabilidad y las de la opinión popular, yo debí de haber llegado al Crucero antes que tú, pero tú me tomaste la delantera; estabas en un crucero, nos dijiste al comienzo del encierro por la Corona Virus: el crucero de la sala a la cocina y de la cocina a la sala.
No me preocupo por mi retraso, pues es corto:
La luz roja te detendrá allí, hasta que el número de viajeros esté completo, la luz se ponga verde, y todos a una podamos continuar nuestro viaje al País donde los invitados saben nuestros nombres y reina la amistad, la Paz y la Felicidad.
Hasta pronto, estimado amigo Simeón.
José Aburto
Arroyo Grande, California.Junio 18 del 2020.
