Recientemente Nicolás Maduro amenazó con armar a un millón de milicianos para contener las protestas populares que se están dando en Venezuela por motivo de la crisis humanitaria.
De todos los disparates de Maduro, esta es quizás la más peligrosa.
Michael Ignatieff, profesor de historia de Harvard, nos dice que toda nación que se precie de ser seria debe tener un Estado fuerte, con un ejército profesional bajo el mando de oficiales preparados, para tener el monopolio de la violencia y poder imponer y controlar el orden.
En otras palabras, el monopolio de la violencia es indispensable en todo país organizado.
Que lo peor que le puede suceder a un país es convertirse en un Estado fallido, en el sentido de que pierda el control de la violencia y que ésta quede en manos de combatientes irregulares.
“Los ejércitos profesionales enseñan a matar, cierto, pero también a contenerse y disciplinarse, con el objetivo de canalizar la agresividad a través de rituales; sólo las normas morales redimen la guerra”, nos dice Ignatieff.
Por su parte, los anales de la Cruz Roja Internacional reportan que, después de la Guerra Fría, los conflictos donde más se ha visto la barbarie, han sido aquellos donde los combatientes pertenecen a ejércitos irregulares (civiles armados, tribus, milicias populares, mercenarios, etnias, grupos religiosos fanáticos).
La CRI tiene extensos y patéticos reportajes documentados de su experiencia en la antigua Yugoeslavia, Serbia, Croacia, Ruanda, Somalia, Afganistán, Irak, y otros lugares del mundo, donde han podido comprobar esa aseveración.
El problema es que los guerreros irregulares respetan cada vez menos las normas morales; y desconocen los Acuerdos de Ginebra, que regulan el derecho internacional humanitario. No se sienten comprometidos a respetar sus normas.
La experiencia de la CRI es que cuando la guerra se convierte en un coto vedado de ejércitos privados, gánsteres y paramilitares, la distinción entre enfrentamiento bélico y barbarie, pierde sentido.
Volviendo a Maduro: repartir armas entre civiles, es una gran irresponsabilidad, que sólo puede conducir a más violencia, a matanza de inocentes, a la guerra civil, o al caos.
Convocar por sí y ante sí a una Constituyente con el evidente propósito de disolver los poderes del Estado, derogar la Constitución vigente para que no haya elecciones y concentrar el poder absoluto de manera indefinida, es una estratagema burda que ya no cabe en estos tiempos. Es algo así, como decir: “El Estado soy yo”, al mejor estilo de Luis XIV.
Maduro está fuera de época.
Pero lo más preocupante es que está aferrado al poder, se niega a soltarlo porque tiene miedo. Es la única explicación a ese desatino de llamar a una Constituyente, sabiendo que el 80% del pueblo lo adversa.
Y aquí está el punto. Se siente acorralado, porque sabe que debe rendirle cuentas al pueblo. Y el miedo lo hace doblemente peligroso.
La intención de armar a una parte de la población (minoritaria) para que agreda al resto que está desarmada, puede constituir un crimen de lesa humanidad, de acuerdo al Estatuto de Roma y la Corte Penal Internacional.
Y no sólo es un crimen, es una insensatez. Es colocar a los seres humanos al nivel de las bestias, para que se maten y se destrocen.
La comunidad internacional tiene que intervenir antes de que sea tarde. Hay que parar a Maduro, antes de que se cometa una matanza de inocentes desarmados, que lo único que están pidiendo son elecciones libres para poder cambiar pacíficamente el gobierno y el sistema que los está agobiando.
Y no estoy invocando una intervención armada, que conste. Me refiero a que en un mundo interdependiente como es ahora, las presiones internacionales políticas, económicas, financieras, diplomáticas, pueden ser tan fuertes, que son capaces de doblarle el brazo a cualquier gobernante.
Me refiero a ejercer una presión suficiente como para obligar a Maduro a negociar su salida a cambio de una justicia transicional (aunque no nos guste), pero parece ser la única solución, antes del caos o un golpe de Estado.
Hay que hacer algo antes de que venga el caos. Porque es lo que probablemente va a suceder, una vez que Maduro entregue armas a la población, considerando que Venezuela es uno de los países más violentos del mundo.
El futuro inmediato de Venezuela, pues, va a depender de la actitud de la comunidad internacional, y de que el pueblo venezolano siga en las calles protestando cívicamente.
Mis respetos para ese pueblo, que está sirviendo de ejemplo para todos los demás pueblos que estamos en circunstancias similares. Los pueblos latinoamericanos esperan que ese ejemplo de civismo, de democracia, de los venezolanos, rinda resultados y nos aliente a todos.
Que nos convenzamos que es posible sacar del poder a una dictadura que se aferra al poder, sin necesidad de acudir a las armas. ¡Ojalá!
Tomás Delaney
Managua, domingo 7 mayo 2017