Recuerdo a Ricardo como un muchacho tranquilo, agradable, simpático, buen jugador de fútbol. Jugamos juntos en el equipo de fútbol mayor del CCA. Él ocupaba la posición de alero derecho, yo jugaba al otro lado como alero izquierdo.
Recuerdo bien una jugada que, conociendo la velocidad y fortaleza de disparo de Ricardo, nos había enseñado Arríen, que era el entrenador:
En un momento dado, uno de los medios me pasaba la pelota, yo corría rápido pegado a la banda izquierda, atrayendo a la defensa del equipo contrario (en ese entonces no había mucha técnica en mantener las posiciones), y dejaban solo a Ricardo, que permanecía pegado a la banda derecha; entonces yo le hacía un pase fuerte y largo a Ricardo, que recibía la pelota, corría veloz hacia adelante y disparaba a media distancia, sin darle tiempo a la defensa a reagruparse.
En algunas ocasiones esta jugada dio resultado, porque Ricardo anotaba. Conservo como una fotografía mental a Ricardo volviéndome a ver desde el otro lado del campo, levantando la mano mientras corría de regreso después de anotar, como diciéndome: “Lo hicimos”.
Ahora, su despedida silenciosa, aparentemente solo, me hace reflexionar, recapacitar, sobre lo que somos. De dónde venimos, para dónde vamos.
Independientemente de si estamos solos o acompañados, el encuentro del que se va con ese inevitable destino, es el mismo. Y para los que quedamos, la reflexión sobre esa dicotomía de vida y muerte, es la misma.
Solemos interpretar la muerte como una especie de desgracia, o maldición inevitable; y no como lo que realmente es: el cierre de un ciclo por el que hemos tenido la oportunidad de transitar.
Saber enfrentar ese momento difícil con serenidad, es un desafío, que no todos aceptamos. Ver la muerte, no como una desgracia, sino como algo natural, inevitable; como el descanso eterno, o como el tránsito a la otra vida, según se quiera ver. No es fácil. Pero vale la pena intentarlo.
Cada vez que un pariente o un amigo nos abandona, se presenta la ocasión para reflexionar sobre ese viaje inevitable que todos tendremos que emprender.
Aprovechemos el tiempo que nos queda para recapacitar, para planificar, para revisar nuestras prioridades, para acercarnos a nuestros seres queridos. Es el mejor homenaje que le podemos rendir al amigo, al compañero, que nos dejó. Como si fuera su legado.
Para meditar, para reconocer nuestros errores, para tener conciencia de que aún estamos vivos y de que aún podemos hacer cosas. Para arrepentirnos. Para alegrarnos. Para congraciarnos. Y para agradecer con humildad lo que tenemos, lo que la vida nos dio, lo que haya sido.
Si lo sabemos asimilar, esta etapa de reflexión pudiera llegar a convertirse en lo más precioso de nuestra existencia, en lo más valioso. Convertir esa reflexión en una larga despedida de nuestros seres queridos. Con resignación.
Morir conscientes de lo que somos y de lo que fuimos. De la oportunidad que tuvimos de haber vivido, de haber gozado de la belleza, de la naturaleza, del amor, de la familia. Que hemos sido privilegiados.
Morir tranquilos. Contentos por lo que hicimos, resignados por lo que no hicimos. Pero tranquilos. Compartiendo intensamente esos sentimientos, esa tranquilidad, con nuestras familias, con nuestros amigos. Es el mejor consuelo que les podemos dejar. No esperemos hasta el último momento. No habrá tiempo. Hagámoslo ahora
Nuestras vidas son un diario aprendizaje de la muerte. Entre nacer y morir transcurre nuestra vida. Sabemos que vamos a morir, pero nadie nos enseña a morir. Nadie nos prepara para eso. Tenemos que aprenderlo solos. Y no todos tenemos la suficiente entereza y serenidad; ni todos estamos igualmente preparados. No es fácil. Ni es igual para todos.
“Nacer y morir son experiencias de soledad. Nacemos solos y morimos solos. Nada tan grave como esa primera inmersión en la soledad que es el nacer, sino esa otra caída en lo desconocido que es el morir.
Morir, ¿será volver allá, a la vida antes de la vida? Quizás la muerte sea la vida eterna. Quizás nacer sea morir, y morir nacer. Nada sabemos”.(Nos dice Octavio Paz, en su obra “El laberinto de la Soledad”).
Paz se refiere a la soledad de uno mismo. A la soledad de la impotencia, de lo inevitable, del encuentro con ese arcano destino del mas-allá. Puede que Paz tenga razón. Debe ser un sentimiento de soledad muy profundo, llegado ese momento inefable.
Pero es una soledad diferente.
Si lo vemos a través del cristal del afecto, de la amistad sincera, Ricardo no murió solo. Murió rodeado del pensamiento y los recuerdos de sus compañeros y amigos del Colegio Centroamérica; y me imagino que de muchas otras personas que tuvieron la suerte de conocerlo y tratarlo.
Unos creen y otros no creen. No sé si Ricardo era creyente o no. Los creyentes tienen la ventaja de la esperanza, de la vida eterna. Tienen esa ventaja, que les da fortaleza y resignación, que los prepara para esos momentos difíciles. Ojalá que Ricardo haya gozado de esa fortaleza.
En cualquier caso, su recuerdo es imperecedero. Estará siempre presente entre este grupo de ex-alumnos del CCA, sus compañeros de promoción, que tuvimos la oportunidad de apreciar de cerca, por más de cincuenta años, su calidad humana.
¡Descansa en paz, Ricardo!
Pronto nos volveremos a ver, para que juguemos de nuevo fútbol, y practiquemos esa jugada que nos enseñó Arríen.
TDelaney
Managua, miércoles 26 abril 2017