Memorias de los Olvidado

Estación 1: Invocación – Silencio como origen

En el umbral de toda escucha, el silencio nos convoca a la presencia. Cada pausa es un espacio donde nace la nada fecunda. Abre tus sentidos: lo no dicho ya vibra.

 

Estación 2: Meditación I – Memoria herida

La memoria duele y sana a la vez. Cada eco del ayer nos devuelve a lo amado y perdido. Escucha el susurro que habita en el recuerdo.

 

Estación 3: Meditación II – Exilio y resistencia

El exilio rompe raíces pero cultiva alas interiores. En el crisol del desarraigo se forja la dignidad. Que cada nota sea un estandarte de libertad.

Estación 4: Meditación III – Luz en la oscuridad

En la noche más densa nace la chispa divina. La ternura de lo diminuto revela horizontes infinitos. Deja que la luz interna te guíe.

 

Estación 5: Meditación IV – Reconciliación

La reconciliación florece donde el rencor se rinde. En el eco de la belleza hallamos perdón y futuro. Entrega el pasado a la música que sana.

Estación 6: Meditación V – Testimonio

Cada acorde es un testigo del dolor silenciado. La palabra musical alza la voz por quienes no pueden. Que tu escucha sea un acto de justicia.

Estación 7: Meditación VI – Transfiguración

El alma se refleja en la armonía perfecta. Cada repetición es un portal hacia lo eterno. Permite que tu ser se disuelva en el infinito.

Estación 8: Conclusión – Bendición del camino

La esperanza no es un punto final sino el aliento que sostiene el trayecto. Llevamos esta huella sonora como bendición en la marcha.

 

El final de una vida humana es el inicio de su muerte, que culmina cuando ha desaparecido de la memoria, individual o colectiva, todo rastro de su existencia. El triunfo de la muerte es el olvido.  Simeón Rizo Castellón, 1a ed. Managua 2007 ISBN:978-99924-0-650-2 Diseño de portada: Marvin Molina

A continuación el artículo de la Prensa (archivo.laprensa.com.ni) 4 de septiembre de 2015

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(LA PRENSA/CORTESÍA)
Memorias de lo olvidado
"" Simeón Rizo Castellón entrega , desde su finca cafetera en su ciudad natal, una entretenida novela en cuyas páginas reaparece la infancia y los fantasmas de la familia, miradas desde la perspectiva del regreso
""
Juan Cameron

Memorias de lo olvidado —primera novela aunque no el primer libro del nicaragüense Simeón Rizo Castellón— nos ubica de inmediato en ese terreno intemporal que lo permanente pareciera destinar a unos cuantos mortales. Sin embargo, tal escenario no existe por el simple hecho de ser retratado por las imágenes proporcionadas por el autor en esta suerte de diario novelado. Convertida ahora en el único registro, la casa original se reconstruye a partir de tal relato. Y más que aquella es la finca familiar, la del abuelo, el único sitio posible sobre el que han de converger las sombras de los parientes, los familiones de este y aquel valle, los hijos legítimos e ilegítimos en torno a la mesa patriarcal. Y, aún así, habrá un orden de prelación ritual y jerarquizado tal vez establecido por quien fuera el caudillo de la tribu; o por el Derecho Natural.

Esta visión se mantiene incólume ante la mirada de quien regresa: “Este Darío no cambia. Las mismas piedras blanquecinas, el mismo polvo dorado y fino, el calor y las mismas mujeres con bocio, flacas, viejas y arrugadas. No cambia este pueblo”. En la reiteración —tiempo e imagen se repiten como un mutuo reflejo— hay un dejo de nostalgia por los años perdidos. Pero también se percibe un respeto al pasado en tanto fuente unitaria y gestora de cuanto el protagonista ha llegado a ser.

“La memoria es lo único que nos rescata del olvido, la verdadera muerte”, sentencia el autor. Para armar su historia ensambla, en distintas épocas, a tres personajes sobre el escenario del relato. El narrador —quien regresa años después al pueblo de Darío para reordenar la historia iniciada un mediodía de 1950— cumple con la función del argonauta. Al conseguir su objetivo y realizar también el mito del retorno, no le queda otro destino que el enfrentarse a su propia muerte. Pero el vínculo con el pasado renovador y esclarecedor, lugar del germen de las cosas y razón de toda existencia, es precisamente ese abuelo a quien dedican, por última vez, aquella tarde de la infancia. Es él el personaje que, a través de las memorias recuperadas por su nieto, dará cuenta de los antepasados, tanto de quienes llegaron como de quienes fueron incorporándose a la gesta familiar —o eran originarios de la tierra— e intervinieron en la mismísima formación de la nacionalidad. Este sentimiento, de todas maneras trágico, parece condenado a representarse en el mito de Sísifo: “Para nosotros segovianos, matagalpinos, jinoteganos y demás extraños a Occidente no hubo ascensos ni reconocimientos, menos medallas ni compensaciones; para los nuevos gobernantes fueron otros los que hicieron y ganaron la guerra”.

Quien hace esta última afirmación es Cayetano Castellón Vallecillo, antecesor del patriarca y veterano de las luchas de liberación en Centroamérica. Con una prosa rápida, precisa, de fuerte respiración y con giros de lenguaje que el lector va reconociendo como estilo, Rizo escarba en la historia formación territorial y en su vínculo con la vecina Honduras. La campaña del filibustero William Walker, el avance del joven Cayetano como oficial del Ejército del Septentrión, ponen por primera vez en la memoria colectiva los nombres de aquellos lugares que, hacia finales del siglo siguiente, reaparecerán en los partes de guerra. León, Matagalpa, Chinandega son algunos de ellos. “Es la historia de esta tierra nuestra, abonada de sangre y sembrada de huesos de perseguidores de ilusiones, reformadores, santos y piratas”, sentencia Rizo. Y a ratos, el relato de tal conflagración semeja una metáfora de la historia nicaragüense en estas últimas décadas.

Su toma de posiciones en favor de lo laico ante lo clerical en la construcción republicana es evidente. La pesadez de la Iglesia católica como aparato ideológico de lo conservador se enfrenta siempre a una visión liberal, solar, vivificadora y de amplio espectro; y en ese sector del escenario se ubican sus más preclaros protagonistas. El enfrentamiento entre la razón y la fe ciega, entre tolerancia y el dogma, entre la Iluminación y el oscurantismo es un bien que se hereda junto al apellido. Sólo los más capaces, los elegidos a los ojos del autor, podrán heredar los más preciados bienes familiares. Y estos no son otros sino los libros, instrumentos del conocimiento y la sabiduría y cuyo destino es abrir las mentes y el espíritu, permitir pensar libremente a quienes los posean durante su corta trayectoria por la tierra. Así, al menos, queda expuesto ante el lector.

Memorias de lo olvidado cumple —más allá de un objetivo estético— con la misión de constituirse en una rendición de cuentas, en una autoreflexión en torno al camino recorrido y, a la vez, en una crónica general de su país y de su tiempo. Y, perdonando el repetido cliché, se trata de una novela entretenida, amena y de agradable lectura.

Simeón Rizo Castellón es hermano de quien fuera Vicepresidente de la República, don José Rizo. Durante el mandato de la presidente Violeta Chamorro fue Ministro presidente del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social y posteriormente se desempeñó como asesor de estrategias del Gobierno. Es creador, también, de la Fundación Estamos Caminando. Nacido en Jinotega, en 1943, estudió Medicina y Neuro-Psiquiatría en la Universidad Complutense de Madrid. Durante varios años ejerció la docencia en Valparaíso, Chile, como profesor de Medicina Legal en la Escuela de Derecho de la Universidad local; y también de Psiquiatría Forense en la Universidad de Chile, en la capital. En su disciplina es autor de numerosos artículos y estudios sobre temas sociales. En su bibliografía figuran los tratados Contra la Pobreza (1994), La Reforma de la Seguridad Social en Nicaragua (1995) y Seguridad Social Para el Siglo XXI (1996); las crónicas Escritos Criminológicos (2003), Caudillos y acaudillados (2005) y Estampas de Semana Santa en Jinotega (2006) y la referida novela, Memorias de lo Olvidado (2007), de reciente aparición.

Estación Meditativa

Los Dos Leones: Custodios de la Dignidad Humana en Tiempos de Revolución

León XIII (1891) — León XIV (2026)

Antífona inicial

«El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado»
(Gaudium et spes, 22)

 

I. Dos épocas, un mismo temblor

En 1891, León XIII contempló el mundo desgarrado por la Revolución Industrial: fábricas humeantes, jornadas inhumanas, familias rotas, obreros sin derechos.
En 2026, León XIV contempla otro temblor: la Revolución Algorítmica, donde la inteligencia artificial penetra decisiones, imaginarios y estructuras de poder.

Ambos escuchan el clamor del ser humano amenazado.
Ambos responden con la misma certeza:
la dignidad no se negocia, se custodia.

II. León XIII: el pastor que vio nacer al trabajador moderno

En la noche más dSu mente tomista, ordenada y luminosa, le permitió leer la historia como un sistema moral.
En Rerum novarum defendió al obrero cuando nadie lo hacía.
Proclamó que el trabajo es acto de persona, no mercancía.
Y abrió el camino de la Doctrina Social de la Iglesia.

San Agustín lo habría reconocido:
«Ama y haz lo que quieras» — porque el amor ordena lo que el poder desordena.

 

III. León XIV: el pastor matemático ante la era algorítmica

 

Formado en matemáticas y ciencias computacionales, León XIV comprende desde dentro la lógica de la IA:
sus límites, sus sesgos, su poder, su fascinación.

Por eso advierte:

«La tecnología no es neutral: toma el rostro de quien la concibe, la financia y la utiliza»
(Magnifica Humanitas, 9)

Su mirada agustiniana le impide absolutizar la técnica.
Su mente matemática le impide demonizarla.
Su corazón pastoral le exige discernirla.

Como Santo Tomás enseñaba:
«La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona».
Así también la técnica: iluminada por la gracia, puede servir al bien.

IV. Dos guardianes ante dos torres

 

León XIII vio la tentación de una Babel industrial:
la idolatría del capital, la uniformidad del trabajo sin alma.

León XIV ve la tentación de una Babel digital:
la reducción del ser humano a datos, la homogeneización algorítmica, el poder privado sin rostro.

Ambos responden con la misma imagen bíblica:
no construir torres que desafían a Dios, sino reconstruir Jerusalén,
donde cada persona tiene un tramo de muralla que custodiar.

V. La sabiduría de los Padres que los sostienen

 

San Agustín

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Ambos Papas ven que la técnica —industrial o digital— no puede calmar esa inquietud.

Santo Tomás de Aquino

«La persona es lo más perfecto de toda la naturaleza».
Ambos Papas recuerdan que ninguna máquina puede superar la grandeza de un corazón humano.

VI. Oración final

 

Señor Jesucristo,
que en cada época suscitas pastores capaces de leer los signos de los tiempos,
te damos gracias por León XIII y León XIV,
guardianes de la dignidad humana
ante las revoluciones que quisieron reducir al hombre
a fuerza de trabajo o a dato calculable.

Concédenos, como ellos,
la valentía de discernir,
la sabiduría de custodiar,
y la ternura de servir.

Haznos constructores de Jerusalén,
no arquitectos de Babel.
Amén.