El cuadro de Stendhal
Romy Valenta
Una luz blanca e intensa inundaba la habitación, mientras Gabriel yacía recostado de espaldas sobre su cama. El muchacho mantenía sus ojos fijos en el techo, concentrándose en un pequeño conjunto de manchas negras que formaban un curioso archipiélago junto a la ampolleta.
El joven se levantó lentamente y se sentó en el borde del catre tratando de esquivar un mareo, la cabeza le daba vueltas. Se puso de pie y caminó con pasos torpes, las piernas no le obedecían. Había orinado cuatro veces esa mañana, pero sentía la vejiga tan repleta que se desplazó con dificultad en dirección a la pequeña puerta que conducía al retrete.
Un montón de revistas antiguas, leídas y hojeadas mil veces cubrían la mayor parte del suelo obstaculizando su trayecto al baño. La estrechez del cuarto y la falta de espacio para guardar sus pertenencias lo deprimían.
Cuando sus pies descalzos pisaron las baldosas frías, sintió que un chorro de orina se le escapaba rápidamente. El líquido tibio y transparente rodó por su pierna, hasta caer al suelo formando un pequeño charco en el que se posaba tímidamente el reflejo del tragaluz que se encontraba unos cuantos centímetros sobre su cabeza.
El pequeño baño era oscuro y frío, el moho se había apoderado de prácticamente toda la pared de la destartalada ducha y empezaba a colonizar la cortina plástica que intentaba cubrir su minúscula tina.
Volvió a la habitación algo más aliviado. Se sentó en el suelo para tratar de organizar algunas revistas y despejar el lugar, pero una visión lo sacó súbitamente de foco. A los pies de su cama había un niño arrodillado y se cubría la cabeza con ambas manos como si tuviera miedo, impidiendo que el muchacho pudiera verle la cara.
Gabriel comenzó a sudar, sus manos temblaban incesantemente. Un pánico indescriptible se apoderó de él y sintió que el aire le faltaba. Trató de levantarse del suelo para alcanzar la puerta pero no pudo, estaba imantado al piso. Volvió su mirada a la cama par ver si su visión se había evaporado, pero el pequeño niño no se había movido de su posición, permanecía ahí quieto y silencioso.
El muchacho se impulsó con la ayuda de sus brazos y logró levantarse, avanzando rápidamente hacia la salida. Tomó el picaporte con ambas manos pero no logró abrir, la puerta parecía estar cerrada por fuera. Cuando recordó por qué estaba en ese lugar rompió en llanto y comenzó a gemir como un animal herido hasta que se desplomó perdiendo el conocimiento.
Media hora después, una enfermera entró a la habitación con una bandeja de medicamentos, en su otra mano cargaba un pesado manojo de llaves y una cadena. La mujer se arrodilló y levantó la cabeza del muchacho poniéndola sobre su regazo. Acarició su cabello con dulzura, como lo haría una madre con su hijo y lo ayudó a levantarse. Gabriel tenía la mirada perdida y los ojos aún repletos de lágrimas.
Una a una ingirió las pastillas que la enfermera le suministraba pacientemente mientras ella tomaba nota en un fichero. Minutos después la mujer abandonaba la habitación cerrando la puerta por fuera con doble cerrojo.
El muchacho estaba sumamente dopado, pero al menos se sentía en paz. Con mucho cuidado se desplazó hacia el lugar donde guardaba sus revistas y recortó algunas cabezas de las personas que aparecían en ellas intercambiándolas de cuerpo, eso le divertía mucho.
Al detenerse en una página vio a un hombre que le recordó a su padrastro. Las mismas manos gruesas, el mentón prominente, aquellos ojos oscuros y pequeños como ave de rapiña. Tomó las tijeras e intentó cortar su figura, pero las manos no le obedecían. Lanzó la revista al suelo y comenzó a llorar.
Se dirigió nuevamente al baño, ésta vez las ganas de orinar eran acompañadas de fuertes náuseas, sudor y temblores. El azul del cielo se dejaba ver infinito y esperanzador del otro lado de la ventana, mientras Gabriel evacuaba desde sus riñones al infame excusado un líquido turbio y maloliente, similar a una descarga de desechos químicos.
El muchacho trataba de recordar el olor de la brisa fresca junto al río, aquella que le traía el dulzor de la hierba primaveral recién florecida, el perfume de su madre por las mañanas, o el aroma de la comida recién hecha cuando iba los domingos a visitar a su abuela. Todos aquellos hermosos recuerdos eran anulados súbitamente por el miasma que salía expedido de su propio cuerpo.
Un recuerdo inoportuno se coló en sus cavilaciones, al menos una vez al día aquel suceso maldito venía a su memoria para atormentarlo. Él y su hermano pequeño jugaban en el jardín cuando escucharon los gritos desgarradores de su madre. Su padrastro la golpeaba nuevamente, pero ésta vez se había excedido. Cuando Gabriel entró en la habitación, el hombre estaba de rodillas llorando en el suelo con el cuerpo sin vida de su progenitora en los brazos. La mujer revelaba signos de haber sido estrangulada, por las marcas de los dedos gruesos rodeando su frágil cuello. El muchacho presa del odio, tomó un objeto contundente de una repisa y golpeó a su padrastro en la cabeza dándole muerte en forma instantánea. Gabriel no acababa de reponerse del shock cuando se dio cuenta que su pequeño hermano había presenciado la totalidad de aquella brutal escena.
El resto eran sólo imágenes confusas, la policía, los paramédicos, la asistente social, su hermano llorando, siendo llevado a un lugar donde jamás volvería a verlo. Desde ese día maldito el muchacho no había vuelto a emitir una sola palabra.
Gabriel miró su rostro en el espejo y golpeó furioso al espectro que veía en el, rompiéndose los nudillos. Se volvió a la ventana y trepó por el estanque hasta encontrarse a la altura del vidrio, luego la destrozó con ambas manos en cuestión de segundos. El aire que provenía de la calle lo revitalizaba y la sangre que escurría por sus manos era un tibio manantial de libertad.
Bastaron sólo algunos instantes para que su sentido común actuara y se diera cuenta que podía salir de esa horrible prisión con facilidad, sin ser visto. Se encaramó en el lavatorio y luego nuevamente en el estanque de agua hasta alcanzar la salida, cuidando no cortarse más con los restos de vidrio que aún se encontraban adheridos al marco de la ventana. Una vez afuera, sus pies tocaron el suelo encontrándose con un trozo de cristal puntiagudo que se había desprendido producto del impacto de sus puños. Guardó el objeto de manera inconsciente en uno de sus bolsillos y emprendió la marcha, perdiéndose en una larga avenida poblada de frondosos árboles, que ofrecían una confortable sombra.
Con cada paso que daba, la mente de Gabriel siempre en blanco, comenzó a abrirse tímidamente como una solitaria flor en una laguna. Cientos de automóviles cruzaban velozmente la avenida en distintas direcciones y decenas de personas caminaban a su lado sin notarlo, mientras el reflejo del sol de mediodía golpeaba los altos ventanales de los edificios, cegándolo. Los recuerdos de una vida borrosa se mezclaban de pronto con la realidad abismante de una ciudad que lo había olvidado.
Un mareo sobrevino y el muchacho tuvo que detenerse, apoyándose con ambas manos en el tronco de un añoso árbol. Su rostro estaba cubierto de sudor y sus piernas temblaban. De la libertad al pánico había un solo paso.
En su andar de pies descalzos, ingresó por inercia a una sala de exposiciones. Entró sin ser visto y recorrió el pasillo como si conociera el lugar. El recinto era frío y estaba iluminado por luces indirectas dispuestas en múltiples focos, a lo largo de la galería. Las paredes blancas le recordaron repentinamente su habitación en el hospital.
Gabriel se detuvo frente a un cuadro que lo conmovió al punto de quedarse inmóvil, contemplándolo mientras su respiración se volvía irregular y su corazón latía a destiempo. La composición, los colores, la firmeza de sus trazos y la sencillez de la figura en medio de un alucinante caos lumínico parecieron aniquilar la voluntad del joven, quien se entregó sin más a un trance irreversible.
Lentamente, el muchacho extrajo de su bolsillo el trozo de vidrio que recogió al huir por la ventana, y comenzó a inferirse profundos cortes en los brazos emulando los movimientos de un pincel en un lienzo en blanco. No sentía dolor ni miedo, la oscuridad de sus pensamientos había sido reemplazada por un fulgor prístino.
Un tímido rayo de sol atravesaba el lugar de un extremo a otro y un silencio sepulcral imperó en la sala. El joven se desplomó ante la mirada atónita de una multitud de espectadores mudos de impresión, a los pies de un curioso óleo que mostraba la imagen de un desconocido de espaldas, abriendo los brazos frente al reflejo de una luz cegadora.
Comentario por Simeón Rizo
Me sorprendió el cuento escrito por mi amiga Romy, porque le conocía su inteligencia, su capacidad de productora de televisión, pero no su habilidad de escritora, aunque ya barruntaba algo por su participación en mi historia de Mambrino.
Vamos al grano… al dolor de muela…..perdón al cuento.
Primero la referencia a Sthendal, el que amó y vivió como Milanés aun habiendo nacido en el Delfinado francés. Malabarismo del romanticismo decimonónico, que se repite en alguien como Romy, que revive el dolor, la miseria, la tragedia de un ser humano, que vive o sufre las alteraciones de sus percepciones.
Las vivencias son las qualía del cerebro.
El romanticismo nos hace vivir la quimera de una ilusión, Romy nos hace vivir y sentir el dolor de un niño maltratado.
La siguiente curiosidad es su referencia a lo que se ha llamado el síndrome de Florencia o de Sthendhal.
Los artistas descubren los científicos explican.
Ya hace bastante se había descrito una realidad de la vida, desde la simple medusa hasta al más organizado y consciente de los seres vivientes, la llamada reacción de tempestad de movimiento y de sobrecogimiento; que son formas de reaccionar cuando por diferentes razones hay una sobrestimulación a los circuitos cerebrales.
El mejor ejemplo lo vemos en los pajaritos no domesticados, que se encuentran encerrados en una habitación, vuelan sin rumbo, se golpean contra las paredes, tempestad de movimientos; hasta que se quedan quietos, paralizados, es la reacción de sobrecogimiento. Es lo mismo que pasa con los venados que mueren de infarto cuando los amarran o los perritos que se orinan y defecan cuando algo les produce mucho entusiasmo o miedo.
Los seres humanos no somos inmunes a la sobrestimulación, siendo la reacción mayor o menos dependiendo de la sensibilidad de sus neuroreceptores y su capacidad de reacción.
Eso le pasó a Sthendal con Italia, por eso lo visito tantas veces, que quiso ser Milanés y así lo dice su epitafio en el cementerio de Montmatre donde está enterrado.
Este fenómeno de sobrecogimiento y arrobo frente al arte, ha sido observado más frecuentemente con la música, parece que su centro neurológico está más cerca del área medial del lóbulo temporal, donde se producen esos estados de conciencia. El ritmo y concentración producen estados somáticos especiales donde el hambre y las necesidades se ausentan. Han visto a los encantadores de serpientes?, a las gallinas frente a ciertos sonidos y olores?, al ratón frente a la culebra y los místicos y sufíes frente la meditación y los mantras?. San Juan de la Cruz levitaba y mucho de los síntomas psicosomáticos de Teresa de Ávila, parecen tener un origen común de auto sobrestimulacion. En el terremoto de Managua, en el hospital psiquiátrico, observamos muchos casos parecidos de catatónicos y de marchantes perdidos, sin objetivo.
En realidad el juego de luces, de emociones, la rabia con la ternura, sus contrapuntos de claroscuro de Gabriel descritos en el cuento, me llevo al Caravaggio. Eso es lo principal no mis explicaciones prosaicas.
Lo que más me llamo la atención fue la presencia de la luz, desde la bombilla sucia del cuarto de baño, hasta la de la ventana, la calle, la luz detrás, en la espalda y en la cara del asesino.
En el cuento hay una presencia de la luz, una búsqueda de luz constante, como la que pedía Goethe en su agonía, como la de Pablo camino a Damasco, como la Jerónimo traduciendo la Biblia, como la de Velázquez en la ventana de las Meninas o en el cabellos de su Cristo, en fin luz y sus infinitas variaciones, por algo la luz ciega, adormece y exalta. Conos para absorber bastones para sostener. Ese es lo que me produjo el cuento de Romy, gracias por esos momentos.
Simeón Rizo Castellón
Mayo 2016
Gracias Simeón, por compartir tu análisis tan poético y como siempre tan ricamente adornado por la referencia a tantos clásicos y espero que Romy continúe participando en nuestra página Web de la Promoción de Gilberto Robelo. Su madre vivió un momento de tanto dolor aquel día lejano hoy cuando en un rincón de Managua yacía su cuerpo:
Gilberto Robelo Pereira: “En esta misma esquina del tiempo, estaba, estuvo” Un 2 de agosto de 1959….”yo vi su chorro de sangre, erguido cesar, caer de pronto”. Muerte trágica vestida de rojo. Estuvo con nosotros cinco años, la secundaria toda hasta aquel día. Ahora muy cerca de Dios, está más cerca de nosotros.Recuerdos 1959-1960 (Revista 1959-1960)
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