La celebración de José Aburto y el Silencio

Estación 1: Invocación – Silencio como origen

En el umbral de toda escucha, el silencio nos convoca a la presencia. Cada pausa es un espacio donde nace la nada fecunda. Abre tus sentidos: lo no dicho ya vibra.

 

Estación 2: Meditación I – Memoria herida

La memoria duele y sana a la vez. Cada eco del ayer nos devuelve a lo amado y perdido. Escucha el susurro que habita en el recuerdo.

 

Estación 3: Meditación II – Exilio y resistencia

El exilio rompe raíces pero cultiva alas interiores. En el crisol del desarraigo se forja la dignidad. Que cada nota sea un estandarte de libertad.

Estación 4: Meditación III – Luz en la oscuridad

En la noche más densa nace la chispa divina. La ternura de lo diminuto revela horizontes infinitos. Deja que la luz interna te guíe.

 

Estación 5: Meditación IV – Reconciliación

La reconciliación florece donde el rencor se rinde. En el eco de la belleza hallamos perdón y futuro. Entrega el pasado a la música que sana.

Estación 6: Meditación V – Testimonio

Cada acorde es un testigo del dolor silenciado. La palabra musical alza la voz por quienes no pueden. Que tu escucha sea un acto de justicia.

Estación 7: Meditación VI – Transfiguración

El alma se refleja en la armonía perfecta. Cada repetición es un portal hacia lo eterno. Permite que tu ser se disuelva en el infinito.

Estación 8: Conclusión – Bendición del camino

La esperanza no es un punto final sino el aliento que sostiene el trayecto. Llevamos esta huella sonora como bendición en la marcha.

 

José Aburto
Arroyo Grande, California
19 de febrero de 2019

Señores de la celebración 60.
Las frases escritas a continuación no pretenden ser opiniones, son sólo observaciones personales, como quien dice, del que ve los toros desde la talanquera:
Los niños del crepúsculo han cesado de esgrimir sus sables de luz. Los sables con que jugaban a la guerra de las estrellas.
Unos jugaron muy en serio; en serio lucharon contra gigantes descomunales. Los que en realidad eran molinos de viento.
Otros, corrieron tras la razón de la sin razón como el famoso caballero andante.
La mayoría de los niños se limitó a ver jugar y a platicar entre ellos, sentados junto a la cantina del Pirata.
Todo eso quedó atrás, quedó refundido en la cueva oscura del olvido.
Ahora, sólo se oye el roncar acompasado de las hamacas mecidas por la insistente brisa de la tarde calurosa de la antigua Granada.
Todo anuncia que el momento ha llegado. El momento de soñar. De soñar con la CELEBRACIÓN.
Mientras tanto, el que observa, recuerda las noches calurosas de Granada, en 1955 – 57 cuando vigilaba el sueño de los niños en la Pequeña del CCA.
Pin, pin, pin . . . una bolita de vidrio resuena en el silencio con su sonido característico saltando sobre el duro piso del dormitorio.
Una más para mi colección, pensé yo.
Con la canica en el bolsillo y todo en silencio, prosigo la vigilancia. El silencio es buen amigo para observar, para pensar, para escuchar y para entender.
Vigilando, vigilando en silencio, poco a poco fui entendiendo los misterios del silencio.
El silencio es palabra, pero no habla. Tiene brazos, pero no actúa. Tiene pies, pero no camina. Eso sí: ve, escucha y penetra la esencia del ser: A través de la médula de los huesos, el silencio entra hasta el cerebro y lo más íntimo del corazón.
El silencio hace entender el Babel de las discusiones, malentendidos y peleas, entre los alumnos y maestros de un mismo colegio. El silencio instruye como construir puentes sobre los abismos intelectuales, cómo allanar las lomas de los gustos y caprichos y cómo atizar el fuego moribundo de la desidia.
El silencio, en fin, es amigo fiel, siempre presente en las vigilias nocturnas, y también en las diurnas; pero, siendo palabra que no habla, es muy fácil que pase desapercibido.
Vigilando, vigilando, sólo vigilando y en silencio, se descubre la presencia del amigo silencio; su nombre es Jesús de Nazaret.
El vigilante que ve los toros desde la talanquera desea a los niños del crepúsculo una magnífica y memorable celebración.
José Aburto.

En relación con el silencio aquí va otra versión (con permiso de la autora) de una científica amiga tica y española (Rafaela Sierra) y como tal más secular y más en tono a nuestros recuerdos probablemente

Silencios, ¡tantos silencios!
Silencio de las utopías perdidas
Silencio del camino equivocado
Silencio de las conciencias vendidas
Silencio de los gritos apagados

Silencios ¡tantos silencios!
Silencios de la duda,
esperando la certeza
Silencios cómplices,
de lo imposible deseado

Silencios que castigan,
silencios que enaltecen
Silencios impuestos,
silencios buscados
¡Silencios, tantos silencios!
Silencio del pensar para el hacer
Silencio del asombro y la belleza
Silencio de atardecer
Silencio de madrugada
¡Silencios, tantos silencios!

Los silencios que entristecen
Los silencios que te atrapa,
Los silencios, las palabras
El eco de la distancia
¡Silencios, tantos silencios!

Silencio de los amores perdidos
de las pasiones gozadas
Silencio de los amantes nocturnos
que vuelan de madrugada

Silencios, muchos silencios
que fue testigo la almohada
Tantos soles tantas lunas
que tejieron nuestras almas
¡Silencios, tantos silencios!

Silencio del existir, del dolor y del morir
Silencio de nuestro origen
y si existe algún final
Silencio de esas preguntas
que nunca respuesta habrá
Dioses, mitos, rituales,
lo pretenden aliviar
¡Silencios, tantos silencios!

Estación Meditativa

Los Dos Leones: Custodios de la Dignidad Humana en Tiempos de Revolución

León XIII (1891) — León XIV (2026)

Antífona inicial

«El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado»
(Gaudium et spes, 22)

 

I. Dos épocas, un mismo temblor

En 1891, León XIII contempló el mundo desgarrado por la Revolución Industrial: fábricas humeantes, jornadas inhumanas, familias rotas, obreros sin derechos.
En 2026, León XIV contempla otro temblor: la Revolución Algorítmica, donde la inteligencia artificial penetra decisiones, imaginarios y estructuras de poder.

Ambos escuchan el clamor del ser humano amenazado.
Ambos responden con la misma certeza:
la dignidad no se negocia, se custodia.

II. León XIII: el pastor que vio nacer al trabajador moderno

En la noche más dSu mente tomista, ordenada y luminosa, le permitió leer la historia como un sistema moral.
En Rerum novarum defendió al obrero cuando nadie lo hacía.
Proclamó que el trabajo es acto de persona, no mercancía.
Y abrió el camino de la Doctrina Social de la Iglesia.

San Agustín lo habría reconocido:
«Ama y haz lo que quieras» — porque el amor ordena lo que el poder desordena.

 

III. León XIV: el pastor matemático ante la era algorítmica

 

Formado en matemáticas y ciencias computacionales, León XIV comprende desde dentro la lógica de la IA:
sus límites, sus sesgos, su poder, su fascinación.

Por eso advierte:

«La tecnología no es neutral: toma el rostro de quien la concibe, la financia y la utiliza»
(Magnifica Humanitas, 9)

Su mirada agustiniana le impide absolutizar la técnica.
Su mente matemática le impide demonizarla.
Su corazón pastoral le exige discernirla.

Como Santo Tomás enseñaba:
«La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona».
Así también la técnica: iluminada por la gracia, puede servir al bien.

IV. Dos guardianes ante dos torres

 

León XIII vio la tentación de una Babel industrial:
la idolatría del capital, la uniformidad del trabajo sin alma.

León XIV ve la tentación de una Babel digital:
la reducción del ser humano a datos, la homogeneización algorítmica, el poder privado sin rostro.

Ambos responden con la misma imagen bíblica:
no construir torres que desafían a Dios, sino reconstruir Jerusalén,
donde cada persona tiene un tramo de muralla que custodiar.

V. La sabiduría de los Padres que los sostienen

 

San Agustín

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Ambos Papas ven que la técnica —industrial o digital— no puede calmar esa inquietud.

Santo Tomás de Aquino

«La persona es lo más perfecto de toda la naturaleza».
Ambos Papas recuerdan que ninguna máquina puede superar la grandeza de un corazón humano.

VI. Oración final

 

Señor Jesucristo,
que en cada época suscitas pastores capaces de leer los signos de los tiempos,
te damos gracias por León XIII y León XIV,
guardianes de la dignidad humana
ante las revoluciones que quisieron reducir al hombre
a fuerza de trabajo o a dato calculable.

Concédenos, como ellos,
la valentía de discernir,
la sabiduría de custodiar,
y la ternura de servir.

Haznos constructores de Jerusalén,
no arquitectos de Babel.
Amén.