José Aburto
Arroyo Grande, California
19 de febrero de 2019
Señores de la celebración 60.
Las frases escritas a continuación no pretenden ser opiniones, son sólo observaciones personales, como quien dice, del que ve los toros desde la talanquera:
Los niños del crepúsculo han cesado de esgrimir sus sables de luz. Los sables con que jugaban a la guerra de las estrellas.
Unos jugaron muy en serio; en serio lucharon contra gigantes descomunales. Los que en realidad eran molinos de viento.
Otros, corrieron tras la razón de la sin razón como el famoso caballero andante.
La mayoría de los niños se limitó a ver jugar y a platicar entre ellos, sentados junto a la cantina del Pirata.
Todo eso quedó atrás, quedó refundido en la cueva oscura del olvido.
Ahora, sólo se oye el roncar acompasado de las hamacas mecidas por la insistente brisa de la tarde calurosa de la antigua Granada.
Todo anuncia que el momento ha llegado. El momento de soñar. De soñar con la CELEBRACIÓN.
Mientras tanto, el que observa, recuerda las noches calurosas de Granada, en 1955 – 57 cuando vigilaba el sueño de los niños en la Pequeña del CCA.
Pin, pin, pin . . . una bolita de vidrio resuena en el silencio con su sonido característico saltando sobre el duro piso del dormitorio.
Una más para mi colección, pensé yo.
Con la canica en el bolsillo y todo en silencio, prosigo la vigilancia. El silencio es buen amigo para observar, para pensar, para escuchar y para entender.
Vigilando, vigilando en silencio, poco a poco fui entendiendo los misterios del silencio.
El silencio es palabra, pero no habla. Tiene brazos, pero no actúa. Tiene pies, pero no camina. Eso sí: ve, escucha y penetra la esencia del ser: A través de la médula de los huesos, el silencio entra hasta el cerebro y lo más íntimo del corazón.
El silencio hace entender el Babel de las discusiones, malentendidos y peleas, entre los alumnos y maestros de un mismo colegio. El silencio instruye como construir puentes sobre los abismos intelectuales, cómo allanar las lomas de los gustos y caprichos y cómo atizar el fuego moribundo de la desidia.
El silencio, en fin, es amigo fiel, siempre presente en las vigilias nocturnas, y también en las diurnas; pero, siendo palabra que no habla, es muy fácil que pase desapercibido.
Vigilando, vigilando, sólo vigilando y en silencio, se descubre la presencia del amigo silencio; su nombre es Jesús de Nazaret.
El vigilante que ve los toros desde la talanquera desea a los niños del crepúsculo una magnífica y memorable celebración.
José Aburto.
En relación con el silencio aquí va otra versión (con permiso de la autora) de una científica amiga tica y española (Rafaela Sierra) y como tal más secular y más en tono a nuestros recuerdos probablemente
Silencios, ¡tantos silencios!
Silencio de las utopías perdidas
Silencio del camino equivocado
Silencio de las conciencias vendidas
Silencio de los gritos apagados
Silencios ¡tantos silencios!
Silencios de la duda,
esperando la certeza
Silencios cómplices,
de lo imposible deseado
Silencios que castigan,
silencios que enaltecen
Silencios impuestos,
silencios buscados
¡Silencios, tantos silencios!
Silencio del pensar para el hacer
Silencio del asombro y la belleza
Silencio de atardecer
Silencio de madrugada
¡Silencios, tantos silencios!
Los silencios que entristecen
Los silencios que te atrapa,
Los silencios, las palabras
El eco de la distancia
¡Silencios, tantos silencios!
Silencio de los amores perdidos
de las pasiones gozadas
Silencio de los amantes nocturnos
que vuelan de madrugada
Silencios, muchos silencios
que fue testigo la almohada
Tantos soles tantas lunas
que tejieron nuestras almas
¡Silencios, tantos silencios!
Silencio del existir, del dolor y del morir
Silencio de nuestro origen
y si existe algún final
Silencio de esas preguntas
que nunca respuesta habrá
Dioses, mitos, rituales,
lo pretenden aliviar
¡Silencios, tantos silencios!