Reflexiones: quincuagésimo aniversario

Estación 1: Invocación – Silencio como origen

En el umbral de toda escucha, el silencio nos convoca a la presencia. Cada pausa es un espacio donde nace la nada fecunda. Abre tus sentidos: lo no dicho ya vibra.

 

Estación 2: Meditación I – Memoria herida

La memoria duele y sana a la vez. Cada eco del ayer nos devuelve a lo amado y perdido. Escucha el susurro que habita en el recuerdo.

 

Estación 3: Meditación II – Exilio y resistencia

El exilio rompe raíces pero cultiva alas interiores. En el crisol del desarraigo se forja la dignidad. Que cada nota sea un estandarte de libertad.

Estación 4: Meditación III – Luz en la oscuridad

En la noche más densa nace la chispa divina. La ternura de lo diminuto revela horizontes infinitos. Deja que la luz interna te guíe.

 

Estación 5: Meditación IV – Reconciliación

La reconciliación florece donde el rencor se rinde. En el eco de la belleza hallamos perdón y futuro. Entrega el pasado a la música que sana.

Estación 6: Meditación V – Testimonio

Cada acorde es un testigo del dolor silenciado. La palabra musical alza la voz por quienes no pueden. Que tu escucha sea un acto de justicia.

Estación 7: Meditación VI – Transfiguración

El alma se refleja en la armonía perfecta. Cada repetición es un portal hacia lo eterno. Permite que tu ser se disuelva en el infinito.

Estación 8: Conclusión – Bendición del camino

La esperanza no es un punto final sino el aliento que sostiene el trayecto. Llevamos esta huella sonora como bendición en la marcha.

 

 REFLEXIONES SOBRE NUESTRO REENCUENTRO EN EL QUINCUAGÉSIMO ANIVERSARIO DE NUESTRA GRADUACIÓN DE BACHILLERES: AÑO 1959-60  por Danilo y Dulia Callejas

 Queridos compañeros bachilleres: 

Hoy he querido plasmar en estas reflexiones las impresiones que mi alma percibió en estos días de infinito alborozo. A cada uno les dedico unas palabras y quiero compartirlas con ustedes. Me he atrevido a robarles, tal vez una hora de su preciado tiempo para transmitirles las que, para mí, fueron unas agradabilísimas emociones. También les narro un par de anécdotas: una sucedida ya ha algún tiempo y otra que sucedió a las puertas mismas de nuestra última reunión.  Para los que pudieron asistir, y con gran añoranza para los ausentes, vaya todo mi cariño, mis respetos y mi amor fraterno. 

Siéntense, apoltrónense, pónganse cómodos, relájense. El que fuma, trate de no fumar, es malo para la salud, dicen que provoca cáncer. Apaguen los televisores, tendrán lectura para un buen rato. 

En aquella memorable ocasión, que se llevó a cabo un 20 de febrero de 1960, pletóricos de fe y entusiasmo ante la vida y lo que ella, en el futuro, nos depararía, subimos al estrado del Salón de Actos del colegio Centroamérica, cuarenta jóvenes adolescentes, casi unos niños, a recibir nuestro flamante diploma de “Bachiller en Ciencias, Letras y Filosofía”.  Constituía este honor, quizá uno de los primeros logros verdaderamente importantes y trascendentes en el devenir de nuestra existencia. Hasta ese entonces, habíamos sido guiados con mano férrea y disciplina casi militar, pero con una inmensa sabiduría, por nuestros educadores jesuitas.  A pesar de la dureza de nuestra formación, a partir de entonces, seríamos como frágiles avecillas, que alzaríamos vuelo a enfrentarnos a los recios avatares del mundo. Tarea difícil, pero salíamos bien armados, los principios cívicos y morales que durante tantos años se nos habían inculcado, estaban prestos en nosotros, para encarar las más cruentas batallas. Hoy, después de transcurridos 50 años, que se dicen fácil, nos parece que todo, apenas es un ayer reciente, que no alcanza a completar siquiera una unidad total en el tiempo, porque solamente se interpreta como un medio (½) de esa unidad, ha sido apenas medio siglo.  Para algunos, varios de nosotros, efectivamente, hacía medio siglo de que no nos habíamos vuelto a encontrar. Para otros, no nos veíamos desde hacía 32 años, después de la reunión del 1978, en la que logramos encontrarnos 21, de los cuarenta. Para unos pocos, los que han permanecido mayor tiempo en el terruño, el calendario no ha sido tan cruel con ellos y les ha permitido saludarse con más frecuencia.  Los adelantos de la Tecnología moderna, el Internet y sus maravillas, las comunicaciones de todo tipo, nos están facilitando estos acercamientos entre todos nosotros, los que aún vivimos, los que aún merodeamos por los diferentes confines de nuestro grano de arena en la inmensidad del Universo, los que aún pertenecemos al censo de los 6 mil y pico de millones que poblamos este nuestro convulsionado planeta. 

El punto triste está en que, a la fecha, nueve de esos inolvidables compañeros, dijeron ya el adiós postrero; ya, como dicen algunos, pasaron a mejor vida. ¡Ojalá así sea!  Estuve revisando la lista de los graduados que, gentilmente, nos facilitó, uno de los benjamines de la Promoción, Don Carlos José Miranda Matus, granadino, para aquellos a quienes los persiga Mr. Alzheimer, de quien espero, ninguno de nosotros sea devoto. Pues bien, si nos asignásemos un número en el orden alfabético, tendríamos, cruces en negrita, para los números: 1, 2, 5, 12, 15, 16, 17, 23 y 24, de quienes, con profundo respeto e invocando al Creador para que los tenga en su Santo Seno, voy a dar sus nombres, aunque ya, la mayoría sepamos quienes son. El orden solamente indica, el alfabético, no el orden cronológico de sus defunciones. 

1) José María Alvarado Martínez.  2) Gustavo J. Álvarez Abaunza. 5) Raúl Brenes Urbina. 12) Danilo R. Delgado Bendaña.  15) José Ronald García Marenco.  16) René González Sandino. 17) Roberto Jiménez Lara. 23) José Antonio Morales González 24) Silvio J. Morales Ocón. 

¡Paz a sus restos! 

En la tarjeta de invitación al Acto de Clausura, se nos dividió en 4 grupos de diez. Podemos observar que del primer grupo han fallecido 3; del segundo 4; y del tercero 2. El cuarto grupo permanece incólume. Dejemos pues, que los difuntos descansen en paz. 

Quiero ahora manifestarles algunas de mis impresiones en este reencuentro, que como tal lo calificó Tommy Delaney, más que como una celebración. Si el ANTI, que algunos le atribuyeron a Simeón, o cualquiera otro pusiese alguna objeción… pues podríamos combinar los términos en: la celebración del reencuentro… y así, todo el mundo en paz y tratando. 

No confundan, ni mal interpreten los términos los chicos malos, porque algunos pensarán que… ya ni tratan… ni el no tratar les proporciona paz… pero sí, la dejan en paz. 

Voy ahora a enumerar, siempre por el orden alfabético, a los que estuvimos presentes, 

  1. Danilo Callejas Baldizón (su servidor)
  2. Octaviano César Aguirre. 
  3. Adrián Cuadra Román. 
  4. Tommy Delaney Solís. 
  5. José Roberto López Parker. 
  6. Carlos J. Miranda Matus. 
  7. Augusto J. Morales Peña. 
  8. José Roberto Ordóñez Ortiz. 
  9. Julio César Pastora Torres.
  10.  Ronald H. Prado Hernández. 
  11. Juan José Quezada.
  12. Simeón Rizo Castellón. 
  13. Carlos Siles Levy. 
  14. Guillermo Vargas Sandino. 

Se esperaba que hubiese asistido Orontes Mejía pero, por algún motivo, no fue así. Residentes en Nicaragua que tampoco asistieron fueron: Roberto Fajardo Raitt y Ricardo Martínez Morice. Respetamos sus razones y lamentamos su ausencia. Del extranjero llegamos, dos de Miami: Danilo J. Callejas y Carlos J. Miranda; y dos salvadoreños: José Roberto López y José Roberto Ordóñez. 

Como tarea les dejo que recuerden quienes eran los que respondían a los siguientes apodos:  

– El flaco. 

– Gus. 

– El zanate. 

– Catón o Polifemo. 

– Monolito o Teodolito. 

– Semáforo. 

– Gallino enano. 

– Peluca. 

– Cachopelo o Cacho de pelo. 

– Querubín. 

– El indio (el del lago Titicaca). 

– El indio (el de Corinto). 

– Kapaka (Capaca). 

– Pomponio. 

– Capachito. 

– Tecolote. 

– La zancuda. 

– El gordo. 

– Muñeco de palo. 

– Goyito. 

– La Célula. 

– La Chumila. 

– Peñita. 

– El chaparro (Rony). 

– El renco (sin ánimo de faltar al respeto). 

– Simple Simon (no sé si algún otro). 

– Tito. 

– Guacamayo. 

– Mercho. 

– La jirafa. 

– El bachiller. 

– Cara pálida.

Debo manifestarles que, aparte de las limitaciones que los años imponen, mi memoria creo que se mantiene en el promedio de la edad. Recordemos que todos somos unos muchachos que oscilamos entre los 65, como mínimo, no sé si alguno; y los 69, como máximo. Igualmente ignoro si a alguien de ustedes le guste y sea ferviente admirador de ese último numerito. Yo prefiero no jugarlo ni en la lotería… allá ustedes… son libres de sus actos. Posiblemente, Simeón nada les reprocharía, los psiquiatras suelen ser muy condescendientes, puede ser que piense que todo es válido. A lo mejor lo estoy juzgando mal. Mis disculpas anticipadas, pero lo noté muy comprensivo. 

A propósito, les debo decir que es sumamente difícil, en los pocos momentos que tuvimos para compartir, formarnos nuevas opiniones de las que ya teníamos de cada un de nosotros, hace 50 años. Comenzando siempre en el orden alfabético de los que asistimos, resulta que debo empezar por mi propia persona. 

DANILO CALLEJAS 

De mi mismo no puedo formularles una opinión imparcial. Sólo puedo expresarles que me llenó de gran regocijo poder compartir y abrazar a tantos hermanos, para quienes mi cariño es insondable, es permanente y es sincero. ¡Qué experiencia tan maravillosa! Como se ha dicho, recordar es volver a vivir. Según le oí expresar a alguna de nuestras esposas, parecíamos niños disfrutando de sus travesuras de antaño. Ya lo creo que sí. Me parece que en nosotros afloró lo más granado de nuestros más íntimos y fraternales sentimientos. Creo que las sonrisas eran cándidas, el asombro real, el compañerismo, verdadero. 

El domingo que fuimos a las isletas, le hicimos cierta genuflexión al dios Baco, el día anterior también. Yo, debo confesarles que no he sido muy dado a las libaciones, del que dicen es, el divino néctar. Pero, en esta ocasión el caso lo exigía. Probé, degusté ese famoso Flor de Caña, de origen nicaragüense y el efecto no se hizo esperar. Por momentos, me torné locuaz y como diríamos en buen nicaragüense, jodedor, al extremo, que más de alguno de ustedes, me hizo el señalamiento de que no conocían esa faceta de mi personalidad. Porque yo, en aquellos años mozos, era un niño bien portado, serio, circunspecto, dócil, más bien tímido, de poco hablar, cabizbajo, casi taciturno, imbuido en mis pensamientos, tratando de descubrir cómo arreglaría el mundo. 6 

Según el padre Edgar Chamorro Coronel, yo era en ese entonces el Hamlet entre nosotros. El Hamlet, encarnación de la duda, de Shakespeare: ser o no ser. Según un reporte, a los padres de familia, del padre Caballero, no sería yo uno del montón, y que si en el futuro era bien orientado saldría a flote en la mar borrascosa, que la vida nos significaría, pero… que, a veces, pegaba gritos… ¡Pero cómo!, ¿Quién no pegaba uno que otro alarido después de los chistes o historias que el padre Stella nos leía o traducía de aquel vetusto libro que, de cuando en cuando, sacaba a orearse o a desapolillarse. 

Por favor, no traigan a la memoria el cuentecito de Simple Simon, porque en casos como ese es que berreábamos desaforados. El estruendo se oía por todo el colegio, hasta la Prefectura y obligaba a Otaño o a Caballero, prefectos de agrio carácter, a levantarse de la comodidad de sus sillones e ir hacia nosotros a hacer gala de su desenfrenada iracundia, para imponer el orden, el respeto y la disciplina necesaria e inherente a unos buenos muchachos que, como tales, éramos. ¿Quién entonces no gritaba? Si parecía que fuese una competencia en la que obtendría el premio mayor, el que más fuerte aullara. ¿Y, recuerdan? Este tipo de conducta desquiciada era más propia de los alumnos del segundo año. Pasado ese escaño, ya parecía que estábamos domesticados. 

Les decía que ese domingo 21, constituí, al parecer, una sorpresa para algunos. Me notaron más suelto, bromista, extrovertido, etc. Me llegaron a calificar, en ese momento, como la revelación del año, por… la jodedera pero, la pasamos muy bien y a instancias de Adrián, hasta les entoné una canción ranchera. 

Y yo que creí que, sobre mi persona, sólo les diría cuatro líneas. Mejor pasemos al siguiente: 

OCTAVIANO CÉSAR 

Señor Cónsul de la República Checa en Nicaragua. En su casa, preciosa residencia, se llevó a cabo el reencuentro. Hubo música, tragos, remembranzas, etc. Fue uno de los que me costó reconocer. Muy seriecito, me imagino que su rango y trabajo lo exigen. Muy elegante, a ratos, muy ceremonioso, a pesar de que no éramos diplomáticos los ahí presentes. Conversé con él, el tiempo que me fue posible, no mucho pero, pude captar el cariño que nos profesa, muy independiente de los actos y ceremonias protocolarias propias de su investidura. 

Me lució fuerte en sus convicciones y puntos de vista, pues creí entender que, en su ramo ha tenido que confrontar, firme y frecuentemente, a la 7 

envidia y a la hipocresía. Me agrado percibir que, a lo que parece, ha sido un hombre de mucho éxito en la vida. 

Se glorió de que ya no se traba tanto al hablar, él dice que… nada… pero,… donde nada es en la piscina. Además de que ya no parpadea tanto. Por consiguiente, lo de Semáforo, a un lado. Ya les diré a quién parece le traspasó ese tic. 

ADRIÁN CUADRA 

Adrián me merece capítulo especial. También elegante. Bueno, pues desde ahora les digo, todos estaban elegantes y de buen porte. Adrián desparramaba jovialidad, cariño, sinceridad absoluta. En lo personal, su abrazo lo sentí muy llegador, muy trasmisor. Su sonrisa muy amplia, muy franca, muy libre, sin ataduras, muy señorial. 

Sin pronunciar palabra, sus gestos hablaban por él, pareciendo decir: éste soy yo, Adrián Cuadra, el soltero, comprometido sí, con las personas que aprecio, con ustedes mis compañeros de adolescencia. Esto es lo que, a mi juicio, Adrián vertía de toda su personalidad. 

Lo reconocí de inmediato. No le conocía sus prodigiosas dotes de cantante. ¡Una delicia! Voz romántica, de ensueño, propia para incitar al amor. Lo percibí como un cantante al estilo de Frank Sinatra o como un actor, tipo Clark Gable, ¡Que dicha haberlo saludado! 

TOMMY DELANEY 

El gran Tommy, mi compañero delantero en el equipo de football de la Quebrantahuesos. Buen amigo… como todos… es fácil meter la pata muchachos. Le hice recordar sus cualidades oratorias, cuando ganó el primer premio, a nivel nacional, representando a nuestro colegio. 

A él lo noté muy organizativo, siempre el dirigente nato, que por poco le cuesta una expulsión de “Gasparín”. (Que poca falta de respeto para José Vicente Aranguren, rector último de nuestros tiempos). Tommy estuvo muy colaborador, atento, servicial, muy analítico. Conserva intactas las cualidades que le hicieron ganarse el respeto y la admiración de todos nosotros. 

Las anécdotas siempre surgen. Resultó que ese día, 20 de febrero, 2010, hacia las 7:30 p.m., (que coincidía con la hora de la invitación, al Acto de Clausura 59-60), los vehículos que nos transportaban a casa de Octaviano 8 

comenzaron a arribar. El mío ya se había estacionado. Acto seguido llegó otro, camioneta roja. De él descendieron, primeramente, dos personajes. Yo, que aún no había entrado a la casa de recepción, me quedé a la expectativa: 

-Aquí deben estar llegando otros de mis compañeros, pensé. Trataré de ver quiénes son. 

Uno de ellos, al verme, se dirigió hacia mí y me extendió calurosamente la mano, la cual, yo estreché con igual calor y efusividad. 

La pregunta vino directa, punzante, retadora, desafiando mi memoria y cualquier cualidad de fisonomista que yo pudiera tener: 

-¿Quién soy yo? 

Luché denodadamente por encontrar la respuesta. Hurgué en el baúl de mis recuerdos. El hombre estaba robusto, no al extremo; no como Mercho Siles; usaba espejuelos. Se sonreía al verme trastabillar. Yo le daba vueltas para verlo, de perfil, de frente, desde todos los ángulos. Él no paraba de reír. Él ya me había reconocido. 

Les digo, me sentí impotente y sólo medio avergonzado. Me hubieran puesto a que resolviera el Teorema de Pitágoras, y creo que lo habría hecho mejor. Angustiado, sin alguien que me soplara, como en los momentos más difíciles del peor y más intrincado de los exámenes, me sentí desfallecer, no podía. Este personaje que, por otro lado, tenía que ser uno de mis compañeros de antaño y, por consiguiente, un ser querido, me estaba resultando, un ilustre desconocido. 

En un afán de superar la situación, quizá por chiripa, por azar, tal vez adivinaba. Me aventuré a exclamar, tratando de ser convincente: 

– ¡Vos sos Goyito, jodido! 

Nada, no acerté, fracasé estrepitosamente. No era Goyito. 

Su acompañante, que se había quedado callado y atento a la situación, entró en la plática, pero bajo protesta, porque enseguida reclamó: 

– ¡Nada, Goyito soy yo! 

El otro personaje, el de la sonrisita burlona, el ilustre desconocido, para mayor vergüenza mía, tuvo algún ápice de conmiseración hacia mí. Tornó, y me dijo: 

– Pero hombre, si en estos días hemos estado conversando por teléfono.9 

Bueno, tan bruto nunca he sido. Yo he presumido de tener cuatro dedos de frente y… ahora sí: 

– ¡Tommy Delaney!, exclamé ya repuesto, ¡Mi querido Tommy!, y nos fundimos en un fraternal abrazo. 

Pero, esperen, el enredo de la madeja no terminó ahí. Parece que en ambos vehículos llegábamos los primeros. Por consiguiente, las atenciones del anfitrión no se hicieron esperar. Entonces, salió de la casa un señor alto, de una barbita que poblaba sólo su mentón, igual, elegante y ceremonioso. Pero he aquí el problema. ¿Quién era él? 

Tommy, ya identificado, quería seguir sonriendo. Entre el nuevo personaje y él no había problemas de identificación, ambos viven en Managua, y son, prácticamente, vecinos. Se han tratado frecuentemente y estaban en el comité de la organización del evento. 

Pero ahora, era el anfitrión el de las angustias por reconocer a sus visitantes. La pregunta, en este caso, se la dirigió, burlesca, hacia él. 

-¿Hey, Conocés a esta gente? 

Si ya el hombre no tartamudeó ahí, ya no tenía cuando. Pero no, no tartamudeó, porque prefirió callar. El que no habla no puede tartamudear. En eso tuvo éxito rotundo. Pero en lo otro no, no nos identificaba. 

Mis neuronas trabajaban a toda su capacidad, era necesario detener la sonrisita malévola de Tommy. A todas luces, él ya estaba disfrutando. El goce del reencuentro para él, ya estaba tomando lugar. 

Como les dije, yo podré ser bruto, pero no tanto. Mis cálculos se intensificaron: 

2*2=4 , 6*4=24 , 9*5=45 

Yo no sé ni que otras operaciones matemáticas hice. Imploré al Calvo Aldaz, con su Aritmética Razonada; a Stellita, con su álgebra. Pasé por Geometría, del tercer año; llegué a Trigonometría, del cuarto año. De Gasparín, no quise saber nada con su Revisión de Matemáticas, del quinto año.10 

Pero, al fin, yo ya tenía resuelta la ecuación. La saqué por Álgebra. Adrián recordó esa noche lo de los signos, coeficientes, literales y exponentes, cuyo orden debía seguirse estrictamente, de acuerdo con las enseñanzas algebraicas del padre Stella. 

He aquí la ecuación planteada. 

x = esta es una casa 

y = este señor salió de ella 

z = el dueño de esta casa se llama Octaviano César. 

Por consiguiente 

x+y=z 

Respuesta = z = Octaviano César. 

Seguro ya de mí mismo, y con la respuesta ya en la mano, me atreví a decir al Cónsul (que no por Cónsul deja de ser mi amigo y hermano). 

– Pero hombre, si vos cuando te quedabas interno, dormías a mi lado. 

El elegante, también dio muestras de no ser ningún bobo y de inmediato respondió: 

– ¡Callejas, sí hombre, Danilo Callejas! 

Después se procedió a la identificación también de Goyito y de Tecolote, e ingresamos a la mansión receptora. ¿Saben qué? Ya Tommy había disfrutado suficiente ¿No me lo creen?: Paró de sonreír, pero nos advirtió que esa anécdota la contaría no una, sino muchas veces. Creo que, en lo que a mí respecta, está autorizado. 

JOSÉ ROBERTO LÓPEZ PARKER 

Nuestro querido y nunca bien ponderado “Tecolote”. Hombre muy afectivo, hermanable y honorable. El salvadoreño nicaragüense. Lo noté muy reflexivo, siempre sereno, con un aire de tristeza y melancolía al recordar los tiempos idos. 

Parte de su felicidad estriba, según nos lo expresó, en que uno de sus hijos, se casó con una linda chica nicaragüense, otra razón que lo compromete a viajar con suma frecuencia a la que para él, es su segunda patria: “Soy salvadoreño de nacimiento, pero nicaragüense de corazón”, fueron palabras textuales pronunciadas por él esa noche. 

Lo percibí más sentimental, como más humano, y no es que antes no lo fuese, más sensible. Inclusive, por instantes, me pareció que la voz se le 11 

quebraba y las lágrimas de gozo pugnaban por brotar de sus humedecidos y enrojecidos ojos. 

¡Hurra por Tecolote, el grande, el nuestro! 

CARLOS JOSÉ MIRANDA 

Por segunda ocasión tuve, esta vez, sólo alguna dificultad para reconocerlo. Pero después de algunas miradas escrutadoras, le atiné. Me lució como un hombre de negocios, de oficinas de último piso, de Pent house. 

Guillermo Vargas narró, esa noche, una anécdota que sucedió hace algunos años en Miami, de manera que, pónganle el sello de auténtica. 

Se dice que, en alguna ocasión, se encontraron en esa ciudad cosmopolita, dos muchachos nicaragüenses que, por su acento, no vacilaron en reconocer que tenían una misma patria. Con el calor y el entusiasmo de saberse dos paisanos, comenzaron las preguntas en uno y otro sentido. 

Establecida ya la nacionalidad común, suele continuarse con la ciudad de origen. Resultó que uno era hijo de la Gran Sultana y el otro de la Ciudad Universitaria; según cuentan los abuelos, ciudades antagónicas por motivos políticos. Le dieron pase a ese impasse, lo disimularon con una sonrisa, más aún cuando el leonés afirmó que él había estudiado su secundaria en el mejor colegio, de ese entonces, de toda Nicaragua, el cual se ubicaba en la muy ilustre y colonial ciudad de Granada, a orillas del majestuoso volcán Mombacho. Ya esa era una carta de presentación del leonés capaz de derribar cualquier gesto de hostilidad del granadino. Además de que le estaba clavando un dardo de simpatía en lo que dicen, los granadinos tienen como mayor debilidad: su presunción, su orgullo, su altivez. 

Así las cosas, bien hasta el momento, el Sultaneco señaló que, quizás como una casualidad, él había cursado también sus estudios en ese mismo colegio y coincidía plenamente con los atributos que sobre el mismo se hicieron. Se recordaron los himnos del Colegio Centroamérica del Sagrado Corazón de Jesús; el de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús; el himno al Papa; nombres de sacerdotes ordenados, maestrillos, hermanos coadjutores, etc. 

La conversación se tornaba cada vez más interesante. 

– De veras que el Sultaneco este me está cayendo bien, pensaba el leonés. 12 

Por su parte, el Mombacheño, miraba cada vez con mayor simpatía al occidental. Habiendo quedado dilucidado que ambos eran bachilleres del mismo colegio, sólo quedaba la pregunta más crucial: 

– ¿Hombré, y en qué año fue que te bachilleraste vos? 

– Pues hombré, mi promoción llevó el nombre de “Gilberto Robelo 

Pereira”, y fue la del año 1959-60. 

– Pero, ¡Cómo es posible, si ese mismo año me bachilleré yo, y soy 

egresado de esa misma promoción! 

– Y entonces, ¿Quién jodido sos vos? 

Finalizó Guillermo Vargas su narración, contándonos que los protagonistas de esta historia real y verdadera, auténtica, como dijo Pancho Madrigal, fueron: Danilo Callejas, el leonés; y Carlos José Miranda, el granadino. 

Creo que la intención final, el objetivo, como diría el educador, la moraleja que se debe obtener de esta narración es la de que, estas reuniones fraternales deberían llevarse a cabo con mayor frecuencia, máxime que ya los años pesan y muy pronto, como dijo Rubén, nuestro insigne bardo,… ya no habrá princesa que cantar. Este objetivo, dígolo de paso, es ampliamente compartido por este servidor: 

La mazorca ha empezado a desgranarse, el número de los que han de partir a otros inexorables mundos, o planos, como queráis, no irá ya en aumento o progresión aritmética, sino que en geométrica. Para algunos, el momento de volvernos a encontrar, puede resultar demasiado tarde. Ya podría ser a las puertas de San Pedro o en el Reino de Jesús. 

Yo, él más humilde, que no soy, ni pretendo ser, un Miguel de Nostradamus, puedo asegurarles que, aunque entre nosotros hayan personas con genes de larga longevidad, puedo asegurarles, repito… miren que clase de profeta, tan infalible soy yo, que para el año ¿?¿?¿?… 2050, ninguno de nosotros formará ya parte del censo universal. Aunque la Ciencia va dando pasos agigantados, aún no se descubre… no quiero ser pesimista, ni se descubrirá, en la próxima centuria, el elixir de la larga vida o de la eterna juventud ¿Cree, por ventura, alguno de vosotros, que algún día será descubierto? ¿Qué te dice la Física Quántica, al respecto, Simeón? 

No te enojes Carlos José. Toda esta perorata, ha sido bajo tu nombre. Aceptémoslo hermano y continuemos con: 13 

AUGUSTO J. MORALES 

De este señorón de, no menos de, seis pies de estatura, no recuerdo que los buscadores de sobrenombres hayan encontrado alguno. Pero, como nunca es tarde, Augusto se presentó, sin una hebra de cabello en la cabeza. 

Imponente como el Momotombo, de mirada penetrante, de verbo fluido, de gestos persuasivos, con absoluto dominio del escenario… pero, hermanos 

¿Quién lo mandó a que no se pusiera una peluca? Tommy le hubiese prestado la que a él se le atribuía por aquellos años, porque de ella, ya no va quedando nada tampoco. Pues ahí mismo surgió alguien que le llamó Koyack. 

Augusto me lució como un tribuno, bien asentado en sus argumentos, para la elaboración de una beca que premie a un destacado estudiante y que lleve el nombre de nuestro Cara Pálida: “Gilberto Robelo Pereira”. 

A Augusto no le hace falta, para nada, tal peluca. Su presencia es avasalladora. 

Continuemos con: 

JOSÉ ROBERTO ORDÓÑEZ 

Otro de nuestros queridos hermanos salvadoreños. Este es el simpático Goyito. Dice que le debe el apodo a Mercho Siles. Le hice recordar, el carro rojito que llevó al colegio en el quinto año. Pero no rojo-rojito, como los seguidores de Hugo Chávez Frías. 

A mi juicio, podría ser uno de los que mayor metamorfosis ha sufrido. Me platicó José Roberto-Goyito, que no hace mucho tiempo se presentó la ocasión en la que él estaba de pie, y un joven, dando muestras de gran educación y sobre todo de consideración a la tercera edad, le ofreció su lugar, para que él tomara asiento, con las siguientes palabras: 

– Venga, siéntese usted abuelito. A lo que él respondió: 

– Gracias joven, muchachos como usted ya no van quedando muchos. 

Posiblemente todos, menos Adrián, el soltero empedernido, somos ya abuelitos pero, me da la impresión de que en ninguno encaja mejor el término como en Goyito. 

No quiero decir con esto, que parezca un anciano decrépito, de los que ya arrastran los pies, sino únicamente, que aparenta ser el verdadero abuelito, de aquel Goyito que conocimos en el colegio; y que serían muy pocos, 14 

contados con los dedos de la mano, los que podrían reconocerlo a primera vista. Sin embargo, estimo que sigue siendo muy condescendiente y que conserva la simpatía del ayer. Un último calificativo para él tendría que ser, el de venerable Goyito. 

JULIO CÉSAR PASTORA 

A este señor, le llamábamos muy cariñosamente, “La Chumila”. Para ese entonces era de complexión recia, no podríamos decir que era un gordo, pero sí que, comparado con los demás, él nos llevaba algunas libras. Su complexión sigue siendo más o menos la misma. En apariencia mantiene aproximadamente el mismo peso, en contraposición con los demás que hemos aumentado considerablemente, salvo raras excepciones. 

Claro, en aquel tiempo el se alimentaba mejor que nosotros, y no es que esté diciendo que nosotros comíamos mal. Sabido es, por todos nosotros, que los que pertenecían al grupo de la Apostólica, consumían alimentos más selectos. Ellos representaban, los que parecían tener alguna inclinación para abrazar el sacerdocio. 

Nos contó La Chumila que, al terminar el quinto año él estaba dispuesto, pero Gasparín, siempre el famoso Gasparín, no le dio el visto bueno inmediatamente. Lo mandó primero a que fuera a rodar un rato por el mundo; al menos por un año, y que si después seguía con la misma inquietud sacerdotal, regresara para platicarlo más concienzudamente. Aranguren, jugó mala partida, perdieron a quien pudo ser un excelente jesuita. Pero, ganó su señora esposa que, presumo, ahora tiene un envidiable marido. 

A Julio César lo encontré sereno, siempre parco en el hablar, aunque los vinillos, observé, lo estaban poniendo en ambiente. No me costó reconocerlo. 

RONALD PRADO 

El chaparro de la curva dormida del baseball, de gran control. Inconfundible, el tamaño lo delata a cien millas de distancia. No, no, no. 

Nunca llegó a tirar, como lanzador, ni las cincuenta millas. Desde que la bola salía de su mano, tardaba no menos de media hora para llegar al guante del receptor. 

Hombre muy locuaz, hizo gala de una memoria de elefante. Recita los nombres de todos nosotros con sus dos apellidos, en orden alfabético hacia 15 

atrás y adelante, ciudad de origen de cada uno y apodos correspondientes. Falló solamente en nuestra hora de nacimiento. Porque el signo del zodiaco también lo supo. 

Con decirles que, a mí mismo, se me había olvidado que algunos me decían Monolito o Teodolito. Él se encargó de recordármelo. 

Lo de Monolito, tal vez haría alusión a lo mucho que molesté a Uriel Duarte, cuando escribió en el tercer año, un artículo sobre el Monolito de Cuapa. Uriel es habitante de Juigalpa, Chontales. Para entonces, se inspiraba poéticamente al estilo de Vargas Vila. 

Lo de Teodolito, sería porque algunos pensaban que yo ponía ese aparato para ayudar a mi visión a la buena ejecución de las carambolas en la mesa de billar. 

Con Rony, últimamente he tenido largas conversaciones telefónicas, 

San Diego-Miami. Creo que ocupa el segundo lugar en calvicie entre los que nos reunimos. 

JUAN JOSÉ QUESADA 

El recuerdo que tengo de él, es el de que era de carácter alegre, un insigne jodedor, sin complejos de ninguna especie, siempre contento. 

Esta vez lo noté un poco retraído, o será que no pude conversar mucho con él. No sé por qué motivo no pudo asistir a las isletas, el día siguiente de la recepción. 

SIMEÓN RIZO 

Nuestro psiquiatra. Lo encontré muy filosófico, sin temor ninguno a la muerte. Dice que ya dio a hacer su ataúd y que inclusive lo puede alquilar. 

Ahora retirado en su hacienda “La Galia”, departamento de Jinotega, acaba de publicar su último libro titulado “Memorias de lo Olvidado”, uno de cuyos ejemplares nos obsequió a todos y cada uno, con dedicatoria, no repetida, incluida. Se lo agradecemos profundamente. Puede estar seguro de que, de los catorce que recibimos el obsequio, probablemente el cincuenta por ciento leeremos el libro. Digo esto porque Simeón hizo hincapié en que, después de efectuado el regalo, podíamos hacer con él lo que mejor se nos antojase. 

Le noté un tic bucal, posiblemente de origen protésico. 16 

Me lució como El Patriarca, muy sereno, muy resignado, muy ecuánime, con una paz que le desborda por los poros. Lo intuí casi paternal, como el docto y maestro, el sumo sacerdote de la tribu y con una voz de trueno. 

Además de ser escritor, padre ya, no de uno, sino de varios libros, descubrí que también es autor-compositor de polka, valses y mazurcas; así como recolector de música folklórica norteña. Creía yo que el músico, en su familia, era sólo su hermano Ernesto. 

Si ustedes creyeron que era verdaderamente Simón-El simple, cierto que ahora lo es, ve las cosas con mucha simplicidad, con mucha calma, no se complica la vida, la analiza con sabiduría ancestral. Me manifestó que ahora es agnóstico. 

Nos escribió una reflexión, tipo psiquiátrica, sobre estos sentimientos tan profundos de fraternidad que nos unen. Dicen algunos de nuestros compañeros que no le entendieron nada pero, que acepten sus argumentos. Mercho Siles, dice que Peñita, Amado Salvador, residente europeo, lo terminó de confundir más, cuando parece que trató el mismo tema. Yo, al menos, le acepto sin cortapisas, sin rechistar, la conclusión: somos amigos y hermanos y punto. 

¡Hurra por Simeón! ¡Viva el Palillón! Y que la vida le haga esperar muchos años más, para que entonces, su antagónica, la de la guadaña, lo llame al más allá, en el cual parece no creer. 

CARLOS SILES 

Está pasado de peso. En un avión le cobrarían doble pasaje (broma). Siempre chelote y rubicundo. En él noté, más que en otros, el alma de niño bueno, es decir, la pureza de su alma. Sin embargo, me lució preocupado, como si alguna angustia estresante agitara esa alma infantil. No sé si será una falsa percepción mía. Eso ya quedaría en manos de Simeón. 

Le encontré un tic visual. Se podría decir que adquirió los semáforos de Octaviano, o que el fuerte resplandor solar de este trópico, le estaba afectando. 

Está ligado al actual colegio Centroamérica, en el asunto de la recolección de becas. 

Para Mercho les aclararé, porque no quiero herir susceptibilidades, que como dijo el poeta: “juntó su candor de niño con su experiencia de anciano”. Pero, Carlos, ni es un niño, ni el extremo opuesto. Sólo me 17 

parece que, tiene las cualidades de ambos., las cuales hacen de él… un ángel. 

GUILLERMO VARGAS 

No oculta su ánimo de gran colaborador. Supe que, desgraciadamente, quedó viudo. Le acompañamos en su dolor. Se ha unido, en gran manera, al servicio religioso, al punto de que creo que es algo así como diácono. Algunos compañeros dijeron querer promoverlo, incitarlo, a que tome los hábitos. Posiblemente es una broma. 

La justicia es su bandera. Por algo estuvo como Presidente de la Corte Suprema de Justicia de Nicaragua, por muchos años. 

Me resultó inconfundible, sereno, formal, ecuánime, de pensamiento centrado. Demostró un gran cariño por todos nosotros. Es la ley. 

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Recordando sus viejos amores Darío escribió, en uno de sus más filosóficos y subyugantes poemas.

Y las demás, en tantos climas 

En tantas tierras, siempre son 

Si no pretexto de mis rimas 

Fantasmas de mi corazón 

Este poema, me hace recordar que mis demás compañeros, andan por otros climas, también por otras tierras, pero siempre son, y aunque yo no escribo en rimas, amigos y hermanos de corazón. 

Algunos andamos por otra longitud y por ahí, ha ido quedando parte de nuestra juventud. También estamos en diferente latitud, y por ahí nos va llegando nuestra senectud. 

No puedo concluir estas reflexiones sin antes hacer especial mención, de las bellas damas, algunas de nuestras esposas, que engalanaron estos actos y les dieron el toque femenino, tan indispensable en todo momento de nuestras vidas. Gracias por su asistencia honorables y preciosas señoras. Sé que en ustedes estuvieron bien representadas todas las otras que, por diferentes razones, no pudieron asistir.18 

En resumen, el reencuentro fue exitoso y cálido. Hubo desborde de cariño y de buena voluntad. El día 20 fue la recepción en casa de Octaviano. El día 21 nos tomamos unas fotos en grupo, frente a la fachada del colegio. 

Posteriormente oímos misa en la iglesia de Xalteva, concelebrada por los sacerdotes jesuitas, Jesús Hergueta y Tarcisio Parrado, ambos de nuestros tiempos de colegio. Durante la misa les entoné el himno de San Ignacio de Loyola. Todos en conjunto cantamos al final el himno del colegio. 

Después pasamos al cementerio de Granada a depositar una ofrenda floral, en recordación y tributo a los curas difuntos. 

Finalmente nos trasladamos a una isleta en el Gran Lago donde compartimos los últimos ratos de solaz y esparcimiento. 

Espero que no sean muchos los que hayan caído en brazos de Morfeo antes de concluir la lectura. No obstante, se les suplica sean benévolos en la crítica. Menos mal que ni don Marcelino Menéndez y Pelayo, ni don Miguel de Unamuno podrán ya destrozarme por cualquier tropelía cometida contra nuestro idioma, la lengua de don Miguel de Cervantes y Saavedra. Ahora que hemos incursionado, tambaleantes y tartamudeando, en el de William Shakespeare, podríamos pasar inadvertido el momento en que estaríamos pisoteando el nuestro, el más bello, rico e inigualable. 

Danilo y Dulia. 

Sin más, les quiere,

León, 26 de febrero de 2010

Estación Meditativa

Los Dos Leones: Custodios de la Dignidad Humana en Tiempos de Revolución

León XIII (1891) — León XIV (2026)

Antífona inicial

«El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado»
(Gaudium et spes, 22)

 

I. Dos épocas, un mismo temblor

En 1891, León XIII contempló el mundo desgarrado por la Revolución Industrial: fábricas humeantes, jornadas inhumanas, familias rotas, obreros sin derechos.
En 2026, León XIV contempla otro temblor: la Revolución Algorítmica, donde la inteligencia artificial penetra decisiones, imaginarios y estructuras de poder.

Ambos escuchan el clamor del ser humano amenazado.
Ambos responden con la misma certeza:
la dignidad no se negocia, se custodia.

II. León XIII: el pastor que vio nacer al trabajador moderno

En la noche más dSu mente tomista, ordenada y luminosa, le permitió leer la historia como un sistema moral.
En Rerum novarum defendió al obrero cuando nadie lo hacía.
Proclamó que el trabajo es acto de persona, no mercancía.
Y abrió el camino de la Doctrina Social de la Iglesia.

San Agustín lo habría reconocido:
«Ama y haz lo que quieras» — porque el amor ordena lo que el poder desordena.

 

III. León XIV: el pastor matemático ante la era algorítmica

 

Formado en matemáticas y ciencias computacionales, León XIV comprende desde dentro la lógica de la IA:
sus límites, sus sesgos, su poder, su fascinación.

Por eso advierte:

«La tecnología no es neutral: toma el rostro de quien la concibe, la financia y la utiliza»
(Magnifica Humanitas, 9)

Su mirada agustiniana le impide absolutizar la técnica.
Su mente matemática le impide demonizarla.
Su corazón pastoral le exige discernirla.

Como Santo Tomás enseñaba:
«La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona».
Así también la técnica: iluminada por la gracia, puede servir al bien.

IV. Dos guardianes ante dos torres

 

León XIII vio la tentación de una Babel industrial:
la idolatría del capital, la uniformidad del trabajo sin alma.

León XIV ve la tentación de una Babel digital:
la reducción del ser humano a datos, la homogeneización algorítmica, el poder privado sin rostro.

Ambos responden con la misma imagen bíblica:
no construir torres que desafían a Dios, sino reconstruir Jerusalén,
donde cada persona tiene un tramo de muralla que custodiar.

V. La sabiduría de los Padres que los sostienen

 

San Agustín

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Ambos Papas ven que la técnica —industrial o digital— no puede calmar esa inquietud.

Santo Tomás de Aquino

«La persona es lo más perfecto de toda la naturaleza».
Ambos Papas recuerdan que ninguna máquina puede superar la grandeza de un corazón humano.

VI. Oración final

 

Señor Jesucristo,
que en cada época suscitas pastores capaces de leer los signos de los tiempos,
te damos gracias por León XIII y León XIV,
guardianes de la dignidad humana
ante las revoluciones que quisieron reducir al hombre
a fuerza de trabajo o a dato calculable.

Concédenos, como ellos,
la valentía de discernir,
la sabiduría de custodiar,
y la ternura de servir.

Haznos constructores de Jerusalén,
no arquitectos de Babel.
Amén.